Pero si las propias amarguras se dulcifican con las drogas de la providente necesidad, y los dolores más vivos del alma se mitigan y hasta se borran con el roce de los tiempos en su marcha fatal é inalterable, ¿qué mucho que las tristezas engendradas por ajenos males se desvanezcan con los vientos de la imaginación y las locuras de la vanidad?

No olvidaba yo un punto á la desvalida huérfana de Balduque, ni se apartaba de mi memoria la trágica é inopinada muerte de este pobre hombre; pero no me creía tan obligado á llorarla como en el portal de la calle de la Montera, cuando, por ejemplo, Clara, después de devorar los relatos que la prensa hacía de los sangrientos lances, tan pronto como se le permitió hablar de ellos á su gusto, relatos henchidos de mi nombre y de mis proezas, me decía arrugando el periódico sobre su falda y volviendo hacia mí sus negros ojos:

—¡Hubiera yo querido ver eso!

Y yo, al oirlo, ¡Dios me lo perdone! hubiérame arriesgado á repetirlo, por solo el gusto de que lo viera.

Pilita, mujer fútil, alma insubstancial, sin otra aspiración ni otro anhelo que ser un figurón decorativo del gran mundo, y encerrarse en su tocador atestado de pringues y menjurges, no podía resistir la vida en aquella humilde posada, ni aun considerando el por qué de estar en ella.

Pasábase el día entre bostezos, suspiros y pueriles impaciencias, insensible, extraña á todo, menos á su antojo de volver á su casa, que, por un milagro de Dios, se había librado del saqueo á que estuvo sentenciada. Ni cogía un libro ni una labor entre las manos, para hacer más llevaderas las horas; oía bostezando el relato de los más terribles sucesos de las recientes jornadas; y por no pensar en nada, ni siquiera pensaba en el aún dudoso paradero de su marido.

—Pero si todo esto ha concluido ya—me dijo un día, medio escondida detrás de su abanico,—¿por qué no nos volvemos á nuestra querida casa?

—Porque no es tiempo todavía, señora—respondí;—deje usted que llegue Espartero, y entonces nos iremos.

—Y ¿qué tengo yo con ese buen hombre?

No podía meter en la cabeza de Pilita una idea tan trivial como la relación que había entre su seguridad personal y la llegada de Espartero á Madrid.