Más atrás dije que al cesar por completo las hostilidades entre la tropa y el pueblo armado, éste se quedó arma al brazo en las calles «por si acaso»; es decir, en garantía del cumplimiento de la oferta, hecha por el trono, de que vendría el famoso general, á la sazón en Zaragoza. Por de pronto, se convocó al Ayuntamiento y á la Diputación disueltos en 1843; y estas liberales corporaciones, apenas reunidas, y la Junta de armamento, que, auctoritate qua fungor, se despachaba en todo con humos de gobierno provisional, comenzaron á funcionar en sus respectivas esferas.
Tratóse de organizar la Milicia ciudadana, y fuimos declarados milicianos natos cuantos estábamos en las barricadas. Como jefe de una de ellas, tenía yo un par de galones como dos soles en cada bocamanga; y con éstos y mis proezas, sabidas de memoria hasta por los chicuelos, dióseme el mismo grado en un batallón; es decir, que se me aclamó comandante de él. Asignáronse, al mismo tiempo, cinco reales diarios á cada sirviente de barricada, contando con que había en ellas mucho pobre, y con que la cosa podía durar; y hete aquí que cada vecino se dió á construir su barricadita particular á la puerta de la casa, y á colocar en ella al hijo, y al amigo, y al aficionado, con sus fusiles de verdad y su trompetita correspondiente, y hasta con su letrerito indispensable en lo más alto, de: Pena de muerte al ladrón; con lo cual Madrid, en un par de días, fué una verdadera red de barricadas, cuya malla más grande apenas dejaba el espacio necesario para pasearse el centinela, arma al brazo; conversar en pintorescos grupos los demás héroes de servicio, y comer el rancho marcial coram pópulo... ¡Toma! y que fueron estos intrusos los primeros en lucir el chambergo gris con cinta verde, y la blusa y los calzones de dril; prendas que se adoptaron, con mediana suerte, como distintivo de héroe de barricada; y los que discurrieron adornarlas con arcos de fresco ramaje, inscripciones épicas y retratos de generales y otros hombres del partido revolucionario, tan pronto como el vecindario dió en recorrer las calles, como un inmenso hormiguero, por los portillos abiertos en las aceras. Y como en estas exhibiciones se ponían muy huecos y marciales, llevábanse la admiración y el respeto de las gentes, mientras el puñado de bolonios que habíamos cargado con la farda en los tres días de balazos, tal vez pasábamos allí por patrioteros del día siguiente.
Entre tanto, Espartero no llegaba, y nadie sabía decirnos por qué; y entre el escrúpulo de Gobierno que teníamos, la Junta y el Ayuntamiento, reinaba la más encantadora discordancia de pareceres; de esta discordancia nacían la debilidad y el desprestigio de los discordes; y las barricadas, llenas de gentes de todas procedencias y de toda clase de aspiraciones, hacían lo que les daba la gana. En los barrios del Sur, donde imperaban los Miguelones y los Puchetas, se fusilaba al sursumcorda sin formación de proceso.
Así murió el famoso don Francisco Chico. Un día se presentó la turba multa en su casa; le arrancó de la cama en que yacía postrado; le sentó medio desnudo en unas angarillas; cogió después al portero que le servía; echóle á andar junto á su amo; y en ruidosa procesión, calle de Toledo abajo, llegó todo junto, entre oleadas de curiosos y de furias, hasta el último tercio de ella; y allí, á las diez de la mañana, arrimados los reos á una pared, con angarillas y todo... ¡cataplum! Ésta era ya la tercera justicia que hacían aquellas bondadosísimas gentes. Bajó San Miguel allá; echóles un trepe rudo entre algunos piropos indispensables, y le prometieron la enmienda; pero no se enmendaron cosa mayor.
Yo, que, por mi calidad de jefe, me hallaba en frecuente trato con la Junta, sabía muy bien hasta qué punto la alarmaban éstos y parecidos alardes de indisciplina y de rebelión, en circunstancias tan graves, y el aprieto en que la ponían otros desmanes que, sin ser tan públicos ni tan ruidosos, no eran menos temibles. Uno de estos peligros, en opinión de la Junta, y aun del público rumor, era cierto Círculo patriótico, que celebraba de día sus sesiones públicas en un teatro; club nacido con el buen fin de ayudar en su difícil empresa á la Junta en aquel peligroso interregno; pero descarrilado bien pronto por la ambición y la pedantería. Tanto se contaba de lo mucho que se charlaba allí, y tal importancia se daba á las peloteras que se armaban de vez en cuando, y tan curioso y divertido lo pintaban cuantos lo habían visto, que un día quise verlo yo también.
Presidía la junta ó mesa, ó como se llame, en medio del escenario, un famoso conde muy progresista, y el público llenaba palcos y sillones. Yo me acomodé, no sin dificultades, en una de las galerías bajas, muy cerca del proscenio. Cuando entré, había allí un zipizape de todos los demonios: la campanilla se desbadajaba sonando, y el público rugía porque sí y porque no y porque qué sé yo; y un ciudadano anguloso, de barba lacia y mirar sombrío, con poco pelo y ese muy erizado, el cual ciudadano lo había revuelto todo, protestaba contra las imposiciones de la presidencia y contra la presidencia misma y contra todas las presidencias del mundo; porque—decía,—«yo soy tan liberal, que no quiero presidentes de nada ni en ninguna parte, puesto que donde hay presidencia hay tiranía».
La palabreja arrancó aplausos; calmóse el alboroto, y aprovechó la tregua el orador para concluir pidiendo, exigiendo, de los tutores de la revolución triunfante, que cuando entrara en Madrid el general Espartero, fuera delante de él desde la Puerta de Alcalá, en la punta de una lanza, la cabeza de... (y nombró la persona). Así descansó el energúmeno y se quedó tan fresco.
Alzóse otro orador cerca de mí, porque le tocaba hacerlo en riguroso turno. Era grandote y algo chato, aparatoso de traje, pródigo de tirillas y pechera, y muy holgado de mangas. Echando más de medio cuerpo fuera de la barandilla, precedido de un brazo descomunal, comenzó en voz áspera un preludio majestuoso con los sobados temas de «las conquistas del nuestro glorioso alzamiento»; «la generosa sangre de nuestras venas, derramada por la causa de la libertad»; «la tiranía derrocada por nuestro heroico esfuerzo», y otros tales; dijo que «la revolución no podía, sin deshonrarse, faltar á sus generosos fines delante de la Europa civilizada que nos estaba contemplando con asombro»; y cuando yo pensé que todo aquel campaneo resonante iba con los retóricos de la casa, salta y añade que con ocasión de haber ido él á visitar el día anterior unas fincas de su propiedad (después supe que nunca tuvo el preopinante otras fincas que unos granos de mala traza en el cerviguillo) al inmediato pueblo de Jetafe, había visto, con honda pena de su corazón, con vergüenza de sus sentimientos liberales, que aquel ayuntamiento, «hechura de la ominosa situación derribada», aún estaba sin disolver, «por intrigas de la mano oculta de la reacción, para mengua y baldón de la causa de la libertad».
Tomóse en cuenta, entre aplausos, la denuncia; y apoyó el tema un ciudadano de mal pelaje, desde un palco segundo, con el ejemplo de una gran señora perteneciente al «lujo inmoral de un latro-manate», descubierta por él la pasada noche después de cuarenta y ocho horas de pesquisas, cerca de Aranjuez, y traída á Madrid aquella misma mañana, «á la inominia pública, entre un piquete de veinte caballos, á son de clarín». Verdad que al llegar supo que la dama arrestada no era la prenda del manate, sino otra señora muy honrada que nada tenía que ver con él. Pero para el caso daba lo mismo; el esfuerzo estaba visto, y la voluntad probada. Eso y mucho más era él capaz de hacer por la causa de la libertad, por la cual se había batido en la calle de la Paloma, y velaría á pie firme mientras dormían los que debieran defenderla.
Y como se tocaba el capítulo de servicios prestados á la revolución, salieron á docenas, por otros tantos agujeros, los acreedores de la pobre señora. Quién se alababa de haber hecho trizas hasta cuatro cajones de la policía; quién, de tener despellejados los dedos de arrancar adoquines para hacer barricadas; quién, de haber roto con sus propias manos, en el palacio de la calle de las Rejas, dos candeleros, cinco cortinones y un reló de música; quién, de haber abofeteado en la Puerta del Sol á un empleado «de los ladrones caídos, que huía á esconderse, avergonzado de la luz de la libertad...». Salió también, y por el foro, para mayor estruendo, un oficialete del ejército, que, conmovido y tartajoso, dijo unas cosas que nadie entendió; pero tomóle bajo su amparo un padre grave de los del capítulo del escenario, que era buen orador y no mal médico, y díjonos que aquel valiente quería decirnos, y no podía porque le embargaba patriótica emoción, que hallándose en un puesto confiado á su lealtad y vigilancia por la ominosa tiranía derrocada, se había pasado con todas las fuerzas de su mando á la revolución, porque «antes que todo, y antes que soldado, era liberal». Pensé yo que, después de contarnos esto el orador, nos pediría un piquete para fusilar á aquel modelo de pundonorosos capitanes; pero nos pidió que le otorgáramos todo nuestro amor y todo nuestro entusiasmo, porque soldados como él eran los que necesitaba la causa del pueblo... En fin, con decir que hasta Bujes, que asomó la gaita por un proscenio bajo, hizo un discurso á mazo y escoplo, como pudiera hacer una carreta, narrando los hechos heroicos consumados por él y los ciudadanos de su calle, «para romper las cadenas con que los oprimía el déspota», está dicho todo.