Aquello era una jaula de mentecatos, una puja indecente de merecimientos que, ó eran ridículos, ó afrentaban la causa en cuyo nombre se exponían; y todo iba á cuento, á vueltas de tanto cacareo de abnegación y de sacrificios, de reclamar un mendrugo de los que habían de repartirse tan pronto como llegara de Zaragoza el presidente del nuevo festín. El asco y la ira me espoleaban; la lengua me hervía en la boca, y al fin pedí la palabra. Los que se sentaban delante de mí, sin duda para verme y oirme mejor, brindáronme con un hueco que hicieron entre todos; aceptéle, y avancé hasta la barandilla que nos separaba del patio de las lunetas.

Ya he dicho que poseía yo, amén de una voz de gran potencia, una verbosidad extraordinaria, y ciertas naturales dotes de tribuno, no muy comunes. Además, en aquel momento debía ofrecer mi persona el aire pintoresco de un condottiere, ó de un bandido de teatro. Llevaba toda la barba, que me había dejado crecer durante mi reclusión; holgado cuello de camisa con corbata suelta al desgaire; descomunal cuchillo de monte á la cintura, oculto á medias por la entreabierta tuina de dril, de color ceniza, y sobre cuyas bocamangas brillaban los dobles galones de comandante de barricada; tenía en la diestra un enorme chambergo gris con escarapela, y aún ostentaba mi rostro las huellas del sol abrasador de aquellos días de encarnizada lucha. Con tales dotes, señas y arrequives, á poco esfuerzo que yo hiciera, el éxito no podía ser dudoso en medio de aquel singularísimo concurso.

Sin más que exhibirme ante él, cierto rumorcillo que recorrió la sala al instante, como brisa de verano en espeso robledal, me hizo creer que comenzaba yo á ser objeto de la pública curiosidad, excitada por la delación de alguien que me conocía allí. Esto ya era otra garantía del buen éxito de mi empresa. Á lanzar iba la primera palabra, cuando el presidente, pluma en mano, me interrumpió diciéndome:

—Sírvase declarar su nombre el ciudadano que va á hablar.

Á lo cual respondí yo, con voz sonora y ademán altivo:

—¡Pedro Sánchez!

No bien lo dije, cuando el rumor de la sala se trocó instantáneamente en bramidos de entusiasmo y en estruendo de palmadas. La batalla estaba ganada; el campo era mío. Podía cortar, herir y machacar donde quisiera.

Y así lo hice.

No entré en el asunto por los caminos trillados y las puertas conocidas del vulgo; le asalté á exabrupto seco y á apóstrofe limpio. Me encaré osadamente con todos y cada uno de los que habían hablado antes que yo; clavé en la picota de mi indignación y de mis burlas, según los casos, el hueso de sus peroraciones de hojarasca; traje al debate los rumores públicos; expuse las alarmas de los hombres cuerdos enfrente de aquellos temerarios desvaríos, y afirmé que, después de lo que había presenciado allí, aún me parecían pálidos los colores con que lo pintaban los que temían que el fruto de tanta sangre y tanto sacrificio, pereciera en manos de mentecatos y de charlatanes. Como los preopinantes contaban sin duda con el apoyo de mis fuerzas cuando me vieron levantarme para hablar, mis palabras causaban en ellos marcado asombro, y aun estupor; pero como los que no habían soltado prenda alguna eran muchos más, y muchísimos más todavía los que se hallaban allí en busca de jaleo y de emociones fuertes, y todas estas dos grandes porciones acogían cada fin de mis hinchados y resonantes períodos con gritos de entusiasmo y recio palmoteo, algunos de los apostrofados, especialmente el hombre de los pelos de punta y de la barba lacia, me acribillaban á menudo con preguntas sueltas ó frases mal intencionadas, que yo recogía en el aire con mucho gusto, porque en este tiroteo me ayudaba con todas sus fuerzas el público, que siempre está de parte del que habla más recio y pega con mayor saña. Á veces me llamaba al orden el presidente, y aun se ponía del lado de mis contrincantes, cuya causa, hasta cierto punto, era la suya, como lo es de todo padre sin carácter la de un hijo mal educado; pero yo hacía con el presidente lo mismo que con sus presididos; y entonces los aplausos de la multitud eran mucho más recios, porque si gusta como dos ver apalear á los iguales, cuando se prende á la justicia el goce es mucho mayor.

Este duelo á estocadas duraba ya demasiado, porque el efecto estaba producido, y ciertas impresiones no pueden sostenerse en el ánimo por mucho tiempo: érame preciso concluir, y concluir bien, y en una pieza, para que el éxito fuera completo. Así traté de hacerlo. Un breve resumen de cargos, bien nutridito de color; una invocación á las víctimas de la cruenta lucha; un atrevido alarde de mi derecho para hablar así en medio de aquellas bizantinas porfías; y en seguida este parrafejo atronador, progresista y amenazante: