—La revolución tiene un programa bien definido, por cuyo triunfo se ensangrentaron las calles de Madrid; ese programa debe cumplirse... ese programa se cumplirá, aunque para conseguirlo haya que ensangrentarlas otra vez, luchando á muerte contra los nuevos enemigos de la libertad. ¿Sabéis quiénes son estos enemigos? Los charlatanes que la comprometen; los mentecatos que la ponen en ridículo, y los ambiciosos que la deshonran.

Este remate, dicho con fiera voz y adornado de tres brazadas marciales y una gallarda sacudida de pelo con la erguida cabeza, produjo la tempestad de vítores y aplausos más ruidosa que se hubo formado jamás en el recinto de aquel viejo templo, levantado al arte que de esas tempestades se alimenta.

En medio del estruendo de ella salí, sin detenerme siquiera á echar una mirada de triunfo sobre aquel campo cubierto de cadáveres.

Por la noche, y al día siguiente, todos los periódicos daban minuciosos detalles del suceso; algunos reproducían párrafos enteros de mi discurso. Unos me apoyaban, otros me combatían; pero todos iban unánimes en declarar que mi oración patriótica era digna de los mejores tiempos de la tribuna romana.

No hizo más ruido que el mío el discurso con que, muy poco después, en un meeting del teatro de Oriente, se encaramó Castelar en la región de las celebridades tribunicias desde la obscuridad del vulgo de los mortales.

El Círculo no volvió á reunirse más; se declaró disuelto, y la Junta, agradecida, me dió una silla en sus consejos.

Pero esto, por más que halagara mi amor propio, no bastaba á conjurar los serios conflictos de que estábamos amenazados á cada instante. Afortunadamente llegó Espartero á Madrid; y entre formar para recibirle á su llegada; y formar para desfilar ante él, al otro día, en la Puerta del Sol, con nuestras banderas de percalina y nuestro abigarrado equipaje; y formar después en las barricadas cuando dedicó á muchas de ellas una cortés visita, se adormecieron las malas pasiones durante media semana; y para cuando quisieron despertar, ya estaba decretado el despejo de las calles, y la vuelta á sus ordinarias ocupaciones de tantos miles de patriotas que hormigueaban, cargados de armas y municiones, entre los amontonados adoquines.

¡Cuánto susto costó separarlos de aquel peligroso juego á que se habían ido acostumbrando! Gracias á que hubo otro juego con que engañarlos, por de pronto: el de la Milicia Nacional, en la que, si no eran tan bravucones, tendrían mejor disciplina y serían soldados más de verdad; esclavitud á que se acomodan siempre con grandísimo gusto los hombres libres, enemigos jurados de todo linaje de opresiones y de tiranías.

Acabóse, pues, la guerra de las calles con la instalación de un Gobierno regular; y comenzó otra, si no tan ruidosa, mucho más tenaz, en los ministerios. La guerra de los destinos. No hablo de ella, porque de la noche á la mañana me dieron uno de los mejores en Gobernación. Cerca andaban de mí, aunque no tan altos, mis compañeros de redacción, menos Redondo, que no quiso ser más que comandante de un batallón de Nacionales. ¡Hasta el portero y los repartidores de El Clarín se colocaron!

Estos compañeros, Matica y demás amigos, estaban asombrados del ruido que yo hacía y de lo alto que volaba; yo no, porque había ido persuadiéndome, poco á poco, de que eso y mucho más merecían los hombres de mi importancia. Tampoco Clara se asombraba de ello, porque lo esperaba. Eso me dijo después de leer un rimero de periódicos, adquiridos no sé cómo, que hablaban de mi discurso; y cuando tuvo noticia de mi entrada en la Junta, y cuando me dieron el destino en Gobernación. Nada le asombraba en mí; pero yo estaba asombrado de que de todo me creyera capaz una mujer como ella, y de que lejos de aburrirse en mi pobre posada, nunca me manifestara el menor deseo de abandonarla. En cambio, Pilita y Manolo, la una hecha ya un esqueleto y el otro una momia, sólo daban señales de vida para preguntarme cuándo saldrían de allí; y yo no me atrevía á decirles «ahora», porque aunque las calles comenzaban á verse expeditas, y las gentes apaciguadas y en orden, el odio á Valenzuela estaba tan fresco en el corazón del populacho, como el primer día; y era muy arriesgado ponerle delante de los ojos cosa tan allegada al aborrecido personaje, como su propia familia.