Un feliz incidente vino á resolver esta dificultad, que ya comenzaba á apurarme un poco. La duquesa del Pico, sorprendida en Madrid por los acontecimientos, y en comunicación con Pilita desde que ésta le descubrió su escondrijo tan pronto como se deshizo la primera barricada, se disponía á pasar el resto del verano en una de las más tranquilas provincias del Norte, en la cual poseía una elegante y bien provista casa de campo. «Acompañadme vosotros»—decía á Pilita en el mismo perfumado billete en que la noticiaba aquélla su resolución,—«y todos saldremos ganando en ello, cuando nos veamos juntos y libres y bien oreados en aquel apacible retiro, á dos pasos de la frontera».
Pilita me enseñó esta carta, y Clara me pidió mi parecer. Sin vacilar respondí que aceptaran lo propuesto por la duquesa. Nada más cuerdo ni conveniente en aquellas circunstancias, ni punto de refugio mejor situado para esperar el fin del fin de la política borrasca con entera tranquilidad.
—¿Está usted seguro de que no le engaña su buen deseo de que salgamos de Madrid?—me preguntó Clara subrayando, con toda la fuerza de su vigorosa pronunciación, aquella palabra.
—Mi deseo no puede engañarme—respondí dando igual arrastre á la misma palabra, por si acaso tenía la de Clara doble intención;—porque no es el deseo lo que me dicta el consejo, sino la triste necesidad, que no tiene entrañas.
—Pues cuando quieras, mamá,—dijo Clara á Pilita después de pagarme la galantería con un amago de sonrisa y un chispazo de sus terribles ojos negros.
Y Pilita, nerviosa, desconcertada de alegría, tras de abrazar á Manolo, que de gusto hizo dos piruetas y entonó con voz cascajosa un trocito del Matre infelice, de El Trovador, ópera recién estrenada en el Teatro Real, respondió al billete de su amiga; y tal arte se dió su actividad, que antes de una hora quedaba acordado el viaje para tres días después en el coche-correo, el cual esperarían fuera de Madrid para exponerse menos á ser conocidas del populacho.
—Está en Bruselas... ¡y en grande!—me dijo Pilita después de enterarme de todo lo referente al viaje.
—¿Quién?—pregunté yo.
—Valenzuela. Lo hemos sabido por buen conducto. Y también él sabe de nosotros... y de usted; y le está muy agradecido, porque no ignora lo que usted ha hecho por su familia.
—Pues dele usted memorias,—dije á aquella pobre mentecata, sin que su hija me lo oyera.