Esto acontecía al empezar la tercera semana de agosto. Para entonces, ya estaba mi padre impuesto de todas mis aventuras y prosperidades, porque había cuidado yo de hacer llegar á sus manos resmas de papeles que las puntualizaban bien, y cartas en que le decía lo que no podían narrarle aquéllos, como mis servicios prestados á la familia de su excelso amigo; cosa que hinchó de honrada satisfacción al pobre viejo, cuya admiración al runflante manchego no había mermado un punto con las atrocidades que de él se escribían, porque las reputaba calumnias miserables de la envidia.
Lamentábase mi padre de que tantas cosazas hechas por mí, tanto renombre y tanta gloria alcanzados en tan poco tiempo, fueran en pro y á beneficio de una causa tan del gusto de los enemigos de Dios; porque este escrúpulo le impedía abrir toda su alma al torrente de emociones que arrebataba al verse padre de semejante hijo; pero vime en seguida encumbrado en la alteza del destino que me dieron; halléme con influjo y mangoneo en región tan importante; y yo, que sabía cuáles eran los platos más del gusto de mi padre, escribíle al punto diciéndole: «ya no debe haber Garcías en ese pueblo, ni otro señor árbitro de sus destinos que usted... Corte, pues, y raje á su gusto, que aquí estoy yo, por ahora, que soy el dictador de la provincia entera».
¡Desde que nació, no se había visto en otra el buen hidalgo! Ya podía toser fuerte en su lugar; esgrimir la escoba sobre el suelo en que imperaban los Garcías; hartarse de barrer Garcías, y alzar diez codos por encima de su estirpe aborrecida los venerables monigotes de su escudo nobiliario. Y no se descuidó en hacerlo. Ni el alguacil quedó en pie á los primeros escobazos. Toda la administración municipal se vistió de ropa nueva, al gusto de mi padre, que se quedó sin cargo alguno porque no dijeran de él que le movían vulgares é insanas ambiciones.
—«¡Qué bien se está aquí ahora!»—me escribía después de darme cuenta de la limpieza que había hecho en el lugar.—«Parece que se ha ensanchado el territorio y que se respira en él mucho mejor... Por lo demás—concluía la carta,—las revoluciones son como otras muchas cosas: fuera de su quicio, corrompen; bien regidas, son hasta útiles. Cierto que yo, en principio, jamás podré ser revolucionario; pero, por lo que respecta á esta última revolución, tanto me he acostumbrado á considerarla como obra de tus manos, que, hoy por hoy, aunque como revolución la deteste, como cosa tuya la miro con cierto amor... y no me estorba».
XXVII
En este cielo alegre y sonrosado en que de tal modo despilfarraba sus luces la estrella de mi fortuna, había una nube negra que á veces la empañaba y muy á menudo me entristecía. Esta nube era el recuerdo de la pobre Carmen, sola y cargada de penas y de luto.
Visitábala yo con la posible frecuencia; pero no podía arrancarla, por más esfuerzos que hacía, de las cadenas de aquel dolor mudo que se había apoderado de ella. Las grandes pesadumbres ofrecen también su deleite en el recuerdo mismo de los sucesos que las producen. Guarda la memoria los minuciosos trámites de la muerte que nos llevó del mundo á un ser querido: allí están grabados todos, uno por uno, desde la insignificante dolencia que le postró en el lecho, hasta el último ruido del estertor de su agonía, con los más nimios pormenores de las largas noches de vela; del rumor de los pasos del médico; del eco de sus palabras, unas veces produciendo esperanzas, otras matando las concebidas; del color de las coberturas del lecho; de la mortecina luz de la escondida lámpara; de nuestras propias cavilaciones; de nuestros sobresaltos... de todo; y de todo ello se habla después, porque esas conversaciones parecen una continuación de lo pasado sin el abismo de la muerte... Pero en la memoria de la infeliz Carmen no quedaba nada de eso. Su padre, alejado de casa, lleno de vida; después un extraño, turbado y conmovido, que la hace un triste relato de fieras matanzas en la calle, y que, en vez de traerle lo que ella espera con mortales ansias, le da la horrenda noticia de que un balazo casual lo tendió sin vida sobre las duras piedras. ¡Ni siquiera el consuelo de besar su frío cadáver! ¡Cómo no apartar los ojos del libro en que se grabaron tales recuerdos? ¡Cómo llorar cuando el horror obstruye las fuentes del sentimiento?
Así me explicaba yo, por conjeturas, la extraña actitud de Carmen; y digo que por conjeturas, porque la desdichada persistía en su evidente propósito de no hablar conmigo de su padre.