Era esto una grandísima contrariedad para mí, porque me alejaba del único camino por donde yo podía llegar á conocer las verdaderas necesidades de aquella casa, y tratar del modo de acudir á ellas; á lo cual me obligaban tanto mi palabra empeñada á Balduque en los últimos instantes de su vida, como los impulsos de mi corazón, lleno de afecto sincero y de gratitud hacia aquellas infelices mujeres. No pudiendo acercarme al asunto por derecho, buscábale por apartada callejuela; pero siempre me salía Carmen al encuentro para cerrarme el paso.

Una vez me dijo, atareada como siempre en sus labores de costura, respondiendo con ello á unas mal disimuladas indirectas mías:

—Nunca el trabajo ha sido más abundante ni me ha entretenido tanto como ahora: hasta nos sobra el dinero. ¡Cuando no nos hace falta! ¡Vea usted qué oportunidad!

Aquel mismo día me dijo, lacónica y tristemente, al despedirme de ella:

—Mañana son los funerales.

Díjome también la hora y en qué templo, y fuíme. Busqué á Matica; prestóse gustoso á acompañarme á aquel acto; invitamos á otros amigos, unos porque conocieron vivo á Balduque, y todos porque tenían noticia de su trágica muerte; y de este modo, el humilde túmulo alzado en el centro de la iglesia, mientras las preces del coro y del altar se elevaban al Dios de las Misericordias, no se vió solo entre cuatro blandones funerarios.

En un momento en que cesaron los cánticos, oí sollozos detrás de mí. Volví la cara y vi á lo lejos, en la penumbra de una capilla, dos mujeres arrodilladas y cubiertas de luto. La una era Quica, y presumí que la otra, cuyo rostro ocultaba el profuso velo de su manto, sería Carmen.

Á la salida las esperamos Matica y yo á la puerta y las acompañamos á casa. Durante el camino noté en la triste huérfana señales de una emoción de que no la había visto poseída desde la muerte de su padre. Comenzaba, sin duda, á ceder el obstáculo á los embates del contenido torrente... ¡Pobre criatura!... No bien llegó á su casa, dejóse caer en una silla; los sollozos la ahogaban; sus ojos se humedecían, y al fin, convertidos en arroyos de lágrimas, dieron salida al dolor acumulado en su pecho durante tantos días. La dejamos llorar, porque llorar en aquel trance era suavizar las penas y tornar á la vida.

Después de llorar mucho, como si me viera por primera vez desde el acontecimiento que ocasionaba sus lágrimas, comenzó á evocar todos aquellos recuerdos de su padre que tuvieran alguna conexión conmigo: sobre todo, los de nuestro viaje desde la Montaña y los del tiempo en que hicimos juntos vida de familia. Hasta los más insignificantes pormenores de estos sucesos conservaba en la memoria. Y aunque los evocaba con el triste consuelo que siente el desterrado al pensar en la patria y en los seres que no ha de ver más, al fin hablaba de cosas que facilitaban el camino á mis propósitos. Siguiéndole con tino, llegamos á tratar de ellos franca y abiertamente. Entonces me aseguró, sin el menor síntoma de que me ocultaba la verdad, que le sobraba con el recurso de su trabajo para atender á todas sus necesidades.

—Pero puede usted enfermar—la dijimos,—ó verse sin su fiel compañera, á la hora menos pensada.