—¡No lo permita Dios!—repuso Carmen;—pero si tal sucediera, entonces sería ocasión de utilizar el apoyo que tan de corazón me ofrecen ustedes. Por ahora, con que no me olviden; con que de tarde en cuando vengan á despejar un poco mis tristezas, harán mucho más de lo que yo merezco.

—Convenido—repliqué, afectando un tono de broma que no sé si pegaba bien allí;—pero á condición de que no me ha de ocultar usted el primer apuro en que se vea.

—¡Cómo he de olvidar yo—respondióme conmovida y con el alma palpitando en el dulce mirar de sus ojos,—que es usted el único amparo que me queda en el mundo?

Poco después salíamos mi amigo y yo de aquella triste casa, tristes también los dos. De camino tratamos, y no por primera vez, del modo de conseguir que luciera en beneficio material de la huérfana la heroica muerte de su padre en lo más alto de una barricada.

—Imperdonable sería en nosotros, y sobre todo en usted que tanto puede y vale ahora, que por falta de protección se desgraciara tan angelical criatura.

¡Y eso que sólo la conocía por lo poco que había visto, y los vagos informes que le había dado yo!

Acontecía todo esto el mismo día señalado para el viaje de Clara con su familia. La noche anterior habíamos hecho una escapadita, en hora conveniente, á la calle del Príncipe, para que Pilita y sus hijos prepararan los equipajes que habían de remitirse, como de la duquesa del Pico, al punto designado por ésta. Después volvimos felizmente á nuestro escondite, del cual, mejor que de su casa, podrían salir, sin riesgo de ser conocidas, para tomar el carruaje en que irían con la duquesa á esperar el coche-correo al camino de Francia. Todas estas precauciones se habían adoptado por mi consejo; y además proveí á las viajeras de los documentos y salvoconductos necesarios para que las acompañara por todas partes la protección oficial del Ministro. Eso y más podía yo entonces, y ninguna ocasión mejor que aquélla para lucirlo. Estaba delante la duquesa, que por indicación de Pilita había ido unos instantes á ponerse de acuerdo con sus amigas, cuando yo entregaba á éstas los papeles, y las informaba de lo que valían. Pilita, no obstante su pueril egoísmo, me miró con el asombro pintado en la revocada faz; pero la duquesa, mujer de intriga, viuda pertinaz, solitaria é independiente, que no ignoraba la calidad de los vínculos que me unían á sus amigas, después de dedicar un gestecillo burlón al asombro de Pilita, miróme á mí, y en seguida á Clara, con una sonrisilla imperceptible; ¡pero tan maliciosa!... Clara la resistió bien; pero yo me puse más colorado que un tomate. Después de este suceso fué cuando acompañé á la familia Valenzuela á su casa. Los únicos instantes en que nos vimos un poco separados de Pilita y su hijo Clara y yo, los aprovechó ésta para decirme, con hechicera burla:

—Hay que convenir en que, ó miente la fama muy á menudo, ó los valientes, vistos de cerca, en el trato ordinario, tienen bien poco que admirar.

—¿Por qué me dice usted eso?—la pregunté siguiéndole el humor.

—Porque usted, tan sereno entre las balas, no resiste sin inmutarse la mirada de una mujer curiosa. ¡Cuánto más valiente soy yo que usted!