—El efecto de ciertas miradas—repliqué comprendiéndola,—no depende del temple de ellas mismas, sino de la importancia de lo que descubren. Por tanto, entre usted y yo no cabe comparación en el lance á que se refiere.

—Lo cual es lo mismo que suponer—repuso Clara,—que yo no tengo nada que ocultar á la curiosidad de la mirada que á usted le turbó tanto... Hay que hablar de esto, y muy á fondo...

Con harto pesar mío cortó aquí nuestro diálogo la intrusión impertinente de Pilita; diálogo que en toda la noche logramos reanudar, ni mucho menos á la mañana siguiente, por los tristes motivos consignados más atrás.

Con estos antecedentes, júzguese si podían ser más opuestas entre sí las dos fuerzas entre las cuales se agitaba mi espíritu en el momento de separarme de Matica cerca del portal de mi casa. De un lado, el recuerdo de Carmen, pobre, sola y desconsolada; de otro, el anhelo de saborear las confidencias íntimas, de descubrir los secretos del corazón de una hermosa mujer que tanto pesaba ya en el mío. ¡Singulares contrastes de la vida!

Faltaban apenas dos horas para la marcha de Clara, y la brevedad de este tiempo aguijoneaba mis vehementes deseos de pasarle todo á su lado. Después que ella se fuera, ¡qué triste y solitario quedaría todo en mi derredor! Casi me arrepentía de haberla aconsejado que se marchara. Cuando hay de por medio ciertos antojillos del corazón, ó de cosa que lo parezca, se hace uno un egoísta de todos los diablos.

Subí. La hallé arreglando unos cachivaches de camino sobre el velador de la sala. Ya estaba vestida; pero sin arrequives ni perifollos: todo liso, entre-claro, y á cuerpo. ¡Qué cuerpo, señor! ¡Qué plenitud tan armónica! ¡Qué turgencia, qué frescura! El pelo, dispuesto ya para recibir el sombrero de camino, caía por los lados en tirabuzones, que se estremecían en cuanto rozaban la tersa y redonda superficie del cuello al menor movimiento de la cabeza; ¡y qué cabeza, con aquel peinado y sobre las curvas gallardas de aquellos hombros helénicos!

Pilita estaba encerrada en el gabinete con la doncella que había ido á ayudarlas en tan complicadas faenas; Manolo, en su cuarto, vistiéndose también: se oían desde la sala los hipidos con que destrozaba á Verdi.

Clara, pues, estaba sola en aquellos momentos.

Me quedé hecho una bestia contemplándola. Volvióse hacia mí, y me dijo afablemente, sin abandonar la obra en que se empleaban sus ebúrneas manos:

—Comenzaba á temer que tendría que despedirme de usted por el correo.