—¡No lo permitiera Dios!—respondí con el corazón en la lengua.
—Pues juzgue el más indolente: estoy ya con el pie en el estribo, y desde anoche no nos hemos visto hasta ahora... Esto, por sí solo, ya es algo... sin contar—y aquí hizo una breve pausa, como si exigiera toda su atención una lazadita que estaba dando á la cinta de un diminuto envoltorio que al fin guardó en un precioso saquito de mano,—sin contar... con que en nuestra última conversación quedó un grave asunto pendiente.
Esta tentadora alusión á un hecho que desde que había acontecido no se apartaba un instante de mi memoria, prodújome tales brincos en el corazón y tales porrazos en las sienes, que apenas acerté á exponer la razón de mi larga ausencia.
—En cuanto al asunto pendiente entre nosotros—añadí, temblándome un poquillo las piernas y la voz;—en cuanto á ese asunto...
Y me atajó Clara aquí, después de observar mi turbación con el rabillo del ojo, diciéndome:
—Pudiera usted desear que no se ventilara hasta mi vuelta... Hay gustos.
—¡No, Clara, no!—exclamé entonces sin poder refrenar la vehemencia de mi deseo.—No soy hombre de ese temple: no es posible que goce mi alma un instante de sosiego con el escozor de tal incertidumbre. ¡Juzgue usted si habré contado bien todas las horas del día, y qué esfuerzo no hubiera sido capaz de hacer para no gastar estos instantes fuera de casa!
Nunca tal aire de melodramática solemnidad había dado á mis palabras hablando con Clara, y eso que no era la primera vez que me valía de parecidos recodos para responderla; verdad que tampoco habían sido tan diáfanos nuestros «asuntos pendientes», ni me había puesto ella tan en el disparadero como entonces, ni estado tan cerca de apartarse de mí por larga temporada.
Como dió por terminada la sencilla faena que la entretenía, precisamente al pronunciar yo la última palabra, dejando el saquito y otras monerías colocadas sobre la mesa con el aseo y el primor con que saben hacer esas cosas las mujeres elegantes, vínose hacia mí; y mientras se movía y me miraba, y con el finísimo pañuelo de la mano se frotaba suavemente las dos, díjome, no en tono tan alto ni tan firme como de costumbre:
—¡Ea, pues! ánimo, y aprovechémoslos, por lo mismo que son tan breves, si el asunto le interesa á usted tanto como parece.