En los ocho primeros días no se vivió de traza en la aldea, ocupado hasta el más perezoso y esquivo en averiguar lo que se hacía y se guisaba en el remozado palación, cuyos dueños se dejaban ver muy poco y á lo lejos, y se reducían al personaje ya mencionado, y á una jovenzuela, su hija, algo desmedrada y enclenque; á la cual, según rumores, se le habían prescrito, por la ciencia de curar, los aires de la costa cantábrica, precisamente de la costa cantábrica; mucha aldea, mucho ejercicio, poca sociedad y bastante agua ferruginosa.
Entre tanto, hubo en mi casa largas y calurosas porfías entre mi padre y yo, sobre si debíamos ó no debíamos ir á ofrecer nuestros respetos y servicios á aquellos señores. La voluntad, bien sabe Dios que era inmejorable; pero temiéndonos un recibimiento frío y desdeñoso, el condenado puntillo montañés se sublevaba y no sabíamos en qué acertar. Al fin, mi padre, invocando su lema sempiterno de «nobleza obliga», disipóme las no muy arraigadas repugnancias que yo sentía; resolvióse él también, y allá nos fuimos una mañana, muy planchados, eso sí, y con lo mejor del baúl á cuestas; pero harto recelosos, y hasta conmovidos, por no habernos visto jamás en otra.
Á la puerta del estragal nos encontramos con el alcalde que salía, como Pedro de su casa, muy orondo y satisfecho; y aun se infló mucho más cuando nos vió llegar bajo la mal disimulada impresión de timidez y recelo ya mencionados. Verdaderamente nos contristó mucho aquel encuentro, no tanto por lo que contribuyó á encrespar la vanidad del García, cuanto por lo que en presencia de éste nos apocaba á nosotros.
Subimos, y un criado con más que ribetes de grosero, nos introdujo en la sala, en la cual se presentó, antes de media hora, el señorón de Madrid, de bata chinesca, gorro por el estilo y pantuflas coloradas. Era hombre de buena edad, frescachón, patilludo, protuberante de estómago y rollizo y blanco de manos y pescuezo. Saludámosle muy reverentes; correspondió fino y suelto á nuestras reverencias y sombreradas; sentóse á nuestro lado, y dióse comienzo á la visita en los términos que sabrá cualquiera de corrido, por ser los mismos, los mismísimos que ahora se usan, y se usarán probablemente en todos los casos parecidos á aquél; pues en este particular no han adelantado las gentes un solo paso.
En un dos por tres nos dijo el personaje:
—El país me encanta. Jamás le había visto hasta que vine á Santander con Su Majestad. (Estas palabras las recalcó mucho). Necesitaba yo un rincón tranquilo, de aires puros é inmediato al mar; hablóme mi amigo el señor de Calderetas de este pueblo y de esta casa; la vimos, compréla al punto... y aquí me tienen ustedes á su disposición. (Aquí nos descoyuntamos á reverencias mi padre y yo). Pero, amigos, no quiero ocultarles que si lo de los aires puros y los campos risueños y los bosques frondosos y el mar sin límites me enamora, como á buen manchego que soy, lo de la soledad y el reposo ha resultado mucho más de lo imaginado, y hasta de lo que se puede resistir. Verdaderamente es esto insoportable para un hombre que lleva veinte años metido en el hervor de la vida madrileña, entre los combates de la política y las agitaciones del gran mundo. Así es que devoro los periódicos que recibo cada tres días, y los libros que conmigo traje; cuento desde el balcón los árboles del monte, y de noche las estrellitas del cielo, y aún me sobran horas que no sé en qué invertir.
Compadecimos de veras al ostentoso y contrariado manchego, y le deseamos días más llevaderos, hasta por la honrilla del lugar, único alivio que podíamos ofrecerle; y con poco más que esto y menos de otro tanto que él nos dijo, nos levantamos para despedirnos.
Levantóse también el personaje, y apretando una mano de mi padre, y otra mía con las suyas, nos rogó que le visitáramos á menudo, porque en ello recibiría gran merced.
Á lo cual mi padre, como si le hubieran pisado el dedo malo, respondió sin poder contenerse:
—Gran honor sería para nosotros esa merced que usted recibiera con nuestra humilde presencia en esta casa; pero como ya hay quien se nos ha anticipado, y no nos gusta molestar...