—¡Anticipado!—exclamó el señorón algo sorprendido.—Como no sea el alcalde, única persona del pueblo que nos ha visitado antes que ustedes... Por cierto que, sin ofensa de su señoría, paréceme un tantico entrometido, y un si es no es impertinente.

Miróme aquí mi padre, cargada su faz de mal disimulado júbilo, y replicó al instante:

—Ya ve usted... la falta de cuna, de educación...

Y sin considerar que acaso dijera de nosotros cosa semejante al otro día, prometímosle acompañarle á menudo, y nos retiramos, sospechando yo, y en ello no me equivocaba, que el personaje de Madrid había pescado en el dicho de mi padre la mala ley que éste y el alcalde se tenían.

Á todo esto no habíamos visto á la joven delicada de salud, aunque oportunamente preguntamos muy finos por ella á su padre; el cual se limitó á respondernos que se encontraba mejor desde que había llegado á la Montaña, y bastante menos aburrida que él; pero al salir del estragal á la corralada, la vimos que llegaba envuelta en una bata blanca, con el pelo negro y abundante, desmadejado sobre los hombros y la espalda, y defendiendo del sol la cabeza con una sombrilla, blanca también, de largo y torneado palo. Descubrímonos al pasar junto á ella; respondiónos, creo que sin mirarnos, con una ligera inflexión de pescuezo, y entró en su casa mientras nosotros salíamos á la calle.

Parecióme esbelta y de no vulgar continente; descolorida en extremo, dura de faz y más que medianamente descarnada. En nada de esto se fijó mi padre, puesto que lo que me dijo, tan pronto como pusimos los pies en la calleja, revelaba que no había pensado en otra cosa desde que se despidió del personaje; y lo que me dijo fué:

—Ya lo has oído, Pedro: vino «con su Majestad»; vive hace veinte años en Madrid «entre las batallas de la política y las agitaciones del gran mundo»; le ha gustado la Montaña; necesitaba aires puros y proximidad al mar, y ha comprado esta casa, ¡la que nos parecía invendible!... ¡la del Infantado!... ¡y sin regatearla! y en ella nos ofrece sus servicios, y solicita nuestro trato, y, por añadidura, le desagrada el del alcalde...

—Bien, ¿y qué?—respondí yo.

—Pues nada, si te parece—repuso mi padre dando un fuerte golpe en un canto del suelo con el regatón de su vieja caña de Indias con puño de plata y borlas de seda negra:—un personaje de tales requilorios, que se hace servir, casi de espolique, por un señor como el que le acompañó á este pueblo el primer día que vino á él... ¡digo si será pájaro de cuenta!

—Por tal le tuve desde que le conocimos; y por eso no me sorprende ahora, como le sorprende á usted...