—Hombre, tanto como sorprenderme, tampoco á mí, si bien se apura el caso; pero, vistas las condiciones extraordinarias del caballero, eso de no tragar al alcalde, al paso que á ti y á mí nos ruega que le visitemos á menudo, me parece, Pedro, me parece...
—Es verdad—dije, adivinando la intención de mi padre.—Pero, á todo esto—añadí, mientras caminábamos muy ufanos hacia nuestra casa,—¿quién será?
—Por lo que rezan los sobres de la correspondencia, que llega á montones para él á la cartería, el «Excelentísimo Señor Don Augusto Valenzuela».
—Ya lo sé—añadí.—Pero quiero yo decir qué pito tocará ese hombre en el mundo.
—Hijo—respondióme mi padre humillando la cabeza,—sobre ese particular nada puedo yo decirte en este momento; pero—añadió, irguiéndose con la fuerza de un profundísimo convencimiento,—¡pito muy principal debe de ser!
V
No se le cocía el pan á mi padre hasta hablar otra vez con aquel caballero tan atento y campechano que le había pedido á él, pobre y obscuro fidalguete de lugar, la merced de sus visitas. Así fué que le hicimos la segunda sin cumplirse dos días desde que tan satisfechos salimos de la primera.
Acababan de llegar, padre é hija, de la playa, donde habían pasado lo mejor de la tarde jugueteando con las olas, echando firmas en el arenal y acopiando cascaritas y pedrezuelas. Descansaban ambos de la fatigosa tarea cuando llegamos nosotros: el padre muy repantigado en un sillón, dándose aire con un periódico, y la hija arrimada á una mesa, sobre la cual clasificaba, por especies y tamaños, el pintoresco botín de su campaña.