—¡Muy señores míos!—exclamó al vernos el personaje, sin dejar de abanicarse, con grandes extremos de alegría, de seguro falsa. Pero falsa ó verdadera, nos animó muchísimo, lo cual nos hacía buena falta; pues al notar, cuando entramos, la desmadejada actitud del uno, y tan absorta, lacia y taciturna á la otra, entendimos que más ganosos estarían de quietud y de silencio, que de la insulsa conversación de dos extraños impertinentes.
—¡Vean, vean, amigos!—añadió el Excelentísimo, señalando hacia la mesa, después de los obligados cumplimientos de una y otra parte;—¡vean si esta tarde se ha perdido el tiempo!
Vimos, en efecto, como era nuestro deber, lo señalado; y en cumplimiento de otro no menos ineludible, en nuestro concepto, hartámonos de ponderar la riqueza del acopio; y ya, puestos á ponderar, ponderamos la playa también que lo daba, y hasta lo divertido y lo saludable y aun lo instructivo que era correr por ella y atropar litos y concharras; de modo que llegamos á convenir sin dificultad los cuatro, en que era una ganga tener á las puertas del hogar una playa así, con unas olas tan bonitas, un rumor tan agradable y unas brisas tan higiénicas.
Por remate de estas cosas y otras no menos divertidas, nos dijo el señor de Valenzuela que aquel día era uno de los más agradables que había pasado en la Montaña, puesto que, para que nada le faltara, había tenido carta de Pilita, de la cual no había sabido cosa alguna en toda la semana. Á lo que observó tímidamente mi padre:
—Pues creí que no tenía usted más hijos que esta señorita.
—Pilita es mamá,—dijo aquí la aludida, tomando parte por vez primera en la conversación.
—Pilita es mi señora,—confirmó casi al mismo tiempo el personaje.
—Vamos—se atrevió á añadir mi padre,—se ha quedado en Madrid.
—No, señor—repuso el otro:—está en Vichy con Manolo, nuestro hijo. Tiene esa costumbre hace mucho tiempo, y no puede prescindir de tomar aquellas salutíferas aguas.
—Quiere decir, que nos honrará con su presencia cuando termine su temporada.