—Por fortuna para mí, en el modo de juzgar esa de que tratamos; por desgracia para todos, en la principal. ¡Lástima que ya no tenga en mi mano el remedio de lo uno como tengo el de lo otro!

No quiero recordar hasta qué extremos nos condujeron, una vez puesto el diálogo á esta altura, la terrible y desengañada frialdad de mi mujer y el apasionamiento de mi impresionable carácter. Fué un estampido que acabó en un instante con varias cosas á la vez: los lunes del Gobernador, las ostentosas exhibiciones públicas de mi familia... y la última esperanza de que entre Clara y yo pudiera haber ya otro vínculo de unión que el que, en un instante de vértigo mío, nos había amarrado para no soltarnos jamás, á no cortarle la guadaña de la muerte. Aquel tremendo altercado fué la piedra de toque en que apareció comprobada la falsa ley del corazón de Clara; el choque que derribó la bruñida losa y dejó á la vista los gusanos del sepulcro. No me asombró el descubrimiento, porque venían anunciándolo grandes señales de él; pero la consideración de lo que del hecho iba á seguirse, me aterró.

Por de pronto, volvíme á mi despacho, y di á elegir á mi secretario entre presentar su dimisión ó comparecer ante los tribunales de justicia.

—Por cierto que iría bien acompañado,—me dijo con marcada intención y cínica sonrisa.

—¡No importa!—le respondí, comprendiéndole,—porque estoy resuelto á todo; á todo, menos á ser pantalla de ladrones...

Optó por la dimisión, y me alegré de ello. Horas después quedaba también sin destino el polizonte.

Desde el día siguiente, limpias las oficinas de tunantes y la casa de escándalos de lujo, consagréme con todas mis fuerzas á enderezar el torcido rumbo de mi descuidada administración, y á hacer algunas economías. No tenía en mi casa con quien hablar, es cierto, y la comida me amargaba y mis sueños eran horribles pesadillas; pero la opinión pública coronaba con aplausos mis esfuerzos de voluntad, que producían milagros de acierto, y yo sentía, en medio de las penas que me abrumaban, la dulce satisfacción que trae consigo el cumplimiento de los deberes.

Entre tanto, el Gobierno de la nación andaba tan desatinado como lo había estado el mío, y la obra de la revolución de julio comenzaba á tambalearse. Socavaban sus fundamentos todo linaje de torpezas, ambiciones y asechanzas; y eran ya infinitos los desencantados españoles que aplaudían al satírico Padre Cobos, ariete formidable con que la batía sin tregua ni descanso el partido de la reacción, que había de recoger su herencia.

La famosa sonrisa de O'Donnell iba acentuándose por momentos; tomábanla ya las gentes liberales como disfraz de sazonados planes liberticidas, y todo el mundo se preguntaba en qué pararía, y cuándo, su no menos famoso abrazo al general Espartero, en el balcón de la calle de la Victoria, recién llegados á Madrid ambos personajes.

Las dudas se aclararon muy pronto: el abrazo aquél acabó en una zancadilla que derribó á Espartero de la noche á la mañana, y en un chaparrón de soldados bien instruidos que en pocas horas reorganizaron la Milicia ciudadana, disolviendo á tiros sus batallones, donde éstos se resistían á dejarse desarmar por la buena.