—Puede que sí... ó puede que no: como mejor te parezca—respondióme sin dejar de contonearse delante del espejo que había en la habitación.—Recuerdo que un día hablamos, de recién venidos aquí, sobre si el sueldo de gobernador era poco ó era mucho. Sostenía él lo primero, y yo le daba la razón; y hablando así, díjome que había ciertos arbitrios lícitos de los cuales se podía echar mano muy honradamente; pero temía que tú te resistieras á ello, por escrúpulos de empleado novel... y que si nosotras le autorizábamos con nuestra aquiescencia, ¡y qué sé yo qué otras boberías!... Y á poco de esto, comenzó á traernos dinero... pero bastante, no te creas, y á menudo... Por cierto que gracias á ello, ¡que si no!... Ahora me dices que si ese dinero sale de aquí ó sale de allí... No sabía yo tanto; pero, después de todo, ¿qué más da?

—¿Y Clara?—pregunté, recordando que era ocioso tratar asuntos serios con aquella insufrible mujer,—¿sabe lo mismo que usted de la calidad de ese dinero?

—Como que ella lo administra. Con una mano lo recibo, y con otra se lo doy... Pero ¿á qué vienen esos aspavientos, hombre?

Llamé á Clara. Vino en seguida; y, por verla, perdí la mitad de mis bríos. Siempre me sucedía eso. ¡Tan hermosa estaba! Hubiera dado la mitad de mi vida porque no fuera cierto lo que su madre aseguraba, y toda ella por infundir en su pecho algo de la honrada sensibilidad que agitaba el mío.

Expúsele mi queja con los mayores miramientos, y no mostró el más leve síntoma de apurarse por ella.

Tan inconcebible frialdad deshizo el encanto que su belleza me causaba, y prorrumpí en amargas declamaciones. Negóme muy serena que hubiera motivo para ellas. Había para volverse loco.

—¿Pues cuáles son motivos serios para ti?—la dije sin poder contenerme.—¡Vuestros festines, vuestras galas, todo el aparato de vuestra loca vanidad sostenido á expensas de todas las almas infames de la población! ¿Todavía te parece poco?

—No me he cansado—me dijo con terrible dureza,—en apurar tanto el origen de ese dinero.

—Pero te has guardado muy bien—repliqué,—de decirme que le recibías; señal de que no lo juzgabas lícito.

—Ó de que temía tus ridículos pujos de caballero andante... ¡Somos incompatibles en tantas cosas!