Las pocas que pude articular en medio de la angustia que me ahogaba, las empleé para preguntar al infame, pero bajo, muy bajo, como si me acusara ante Dios de un ignorado crimen y temiera que me estuviera oyendo el juez, que podía enviarme al palo, ó el mundo, que me escupiera á la cara:

—Y... ¿qué manos lo reciben de la de usted?

—Las de su señora mamá política,—me respondió con entera desfachatez.

—¿Á ciencia y conciencia de lo que es?—pude preguntar todavía.

Naturalmente,—contestó el cínico.

—Está bien—dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerme redondo allí, de indignación y de vergüenza.—Retírese usted.

De dos saltos atravesé el largo pasadizo que separaba de mi habitación el despacho donde esto ocurría. Llamé aparte á mi suegra, que estaba emperejilándose para salir con Clara, y la expuse, sin preámbulos ni miramientos, el caso que tan fuera de quicio me tenía. Oyóme la embadurnada vieja mirándome de hito en hito con las más vivas señales de curiosidad, y exclamó al cabo, lo mismo que si descargara su ánimo de un gran peso:

—¡Ave María Purísima!... Hijo, ¡qué susto me diste! ¡Si no creí, al verte tan erizado, que se quemaba la casa ó te habían dejado cesante!

—¿No había para matarla?

—Pero ¿es ó no cierto—-preguntéla en el paroxismo de la ira,—que mi secretario hace eso en perfecto acuerdo con usted?