—Pudiera escudarme—me respondió el tuno,—con la firma de usted que autoriza esas resoluciones; pero como de ese modo correspondería muy mal á la ciega confianza con que usted me entregó ese importantísimo negociado, desde luego echo sobre mí toda la responsabilidad moral de esos delitos, que tampoco niego.

Y como leyera en mi actitud el efecto que estas palabras me causaron, añadió muy tranquilo:

—Lo que á mí me asombra, es que usted se asombre de todo esto.

Mi primer impulso fué buscar con los ojos una silla para partirle la cabeza.

—Pues ¿por quién me toma usted?—exclamé indignado, sin renunciar por entero á aquel propósito.

—Y después de todo—dijo con desdeñoso retintín,—yo poco más de nada me meto en el bolsillo.

—¿Adónde va á parar entonces el producto de esas infames exacciones?—pregunté más y más asombrado.

Aquí el hombre de los largos dientes se atrevió á enfilar la legaña de sus ojos con los airados míos; y metiéndose ambas manos en los correspondientes bolsillos del pantalón, me dijo, como si me dijera la cosa más natural del mundo:

—Á su casa de usted.

—¡Que jamás en oídos de hombre honrado suenen palabras como aquéllas!...