Por acudir al golpe, y no por responder á las sandeces de la madre, dije á ésta:
—¿Conoce usted el modo de adquirir lo que nos falta para seguir viviendo como hasta aquí? ¿Espera usted que se nos dé de balde todo lo que necesitamos? Supongo que no. Y en tal caso, ¿qué recurso nos queda sino el de elegir entre... robarlo, ó vivir como los pobres? Y en esta elección, ¿quién es capaz de dudar un instante?
Pilita, que me oía con la jeta fruncida, torció el acorazado busto y respondió, mirándome de medio perfil:
—Un hombre que se atreve á decir eso en una situación como la nuestra, no debiera haber soñado jamás en ser marido de una dama como tu mujer.
—Es la única verdad que ha salido de sus labios de usted desde que la conozco, señora—repliquéla al punto;—y aun esa la ha dicho usted por equivocación... De todas maneras, hace usted muy mal en tomar ese camino, donde me es muy fácil cortarle la retirada.
Aquí echó Clara el montante de su fiera altivez. Enderezóme dos frases aceradas que produjeron otras mías no más suaves; sobrevino Pilita con nuevos dicterios; respondíla al caso; y el lance iba tomando visos de gresca de vecindad, cuando el fámulo acudió presuroso para anunciarnos la llegada de Barrientos. Me alegré infinito. Salí por la puerta excusada, por no topar con él, y después á la calle en busca de aire y de luz y de ruidos que no se parecieran á los ruidos, á la luz y al aire de mi casa.
¡Inexplicables aberraciones del moral organismo humano! Yo, que salía tan repleto de desventuras que llorar, comencé á preocuparme de repente con la noticia que me trajo tres días antes una carta de mi padre, de haberle dado los Garcías no sé qué cencerrada en celebración de mi caída; y pasé largas horas saboreando el imaginado deleite de andar otra vez á tiros en las barricadas para reconquistar el perdido imperio; no por la mina que necesitaba, sino por verme en situación de castigar el descomedimiento de los Garcías, castigo que mi padre aguardaba, de un momento á otro, de su «querido consuegro, el excelso don Augusto», á quien ya veía en el poder.
La historia de todos los grandes berrinches y desconsuelos humanos está llena de estas puerilidades; es decir, como la mía... y como la de mi padre también.
Cuando mis distraídos pensamientos volvieron á hundirse en la negra realidad de mi situación, las carnes me temblaban acordándome de la pasada refriega doméstica, porque iba, camino de mi casa, decidido á tocar otra vez, para dejarle resuelto, el prosaico tema que la había producido. ¡Gran sorpresa fué la mía cuando, no bien me dejé caer, desfallecido de cuerpo y con la más negra melancolía en el alma, en un sillón de mi apartado dormitorio, llegóseme Pilita, blanda como una seda, tímida, humilde y respetuosa! Sentóse á mi lado, y me habló así, después de unas cuantas salvedades y excusas, no muy bien concertadas ni del todo pertinentes, señal de lo aturdida y recelosa que andaba:
—Me parece á mí que deberíamos olvidar eso de esta mañana. ¿No te parece á ti lo mismo? Hijo, yo tengo un corazón que no sirve para guardar rencores... Soy así, ¡qué quieres!... Y no me pesa de ello... Yo reconozco que estuve atroz, ¡vamos, atroz de todo! y que te dije cosas algo duras, bastante duras, ¡muy duras!... Pero también es verdad, hijo, que tenías tú un aire... ¡y una cara!... Luego, ¡dices las cosas de un modo!... y con lo nerviosa que yo soy, y lo... en fin, que me pongo atroz en seguida, y ya no reparo... y ¡puf! allá va. Por otra parte, el punto que tocabas nos sorprendió tanto, nos admiró tanto, ¡nos asombró tanto!... Eso no quita que, á tu manera, estés cargado de razón; porque donde no lo hay, ¿qué le vamos á hacer?... Pero ¡esto de meterse una en un covacho, en un tabuco, en un dedal roñoso, de la noche á la mañana, con tantas relaciones como tiene una en la buena sociedad!... Y no lo digo por mí tanto como por tu mujer, hecha, desde que nació, á vivir como una princesa en su palacio... ¡Cómo había de esperar ella caer desde tan alto sin más ni más?... Y no vayas á creerte por eso que somos tan fatuas que no pensáramos nunca en que la suerte cambia á lo mejor. ¡Vaya si lo pensamos, hijo!... Como que lo estamos viendo todos los días; y bien á menudo ha pasado por nosotras... Sólo que nadie nos lo ha conocido... y si te dijera que ni nosotras mismas, puede que no te engañara. Cómo se hace esto, hijo, por demás veo que no se le alcanza á un sencillote mozo recién llegado de su aldea, como tú... ni á mí tampoco; pero se hace, y aquí lo hace todo el mundo que se halla en nuestro caso; salvo el coche y, á lo más, algún gastillo que otro por el estilo, la misma vida con empleo que sin él, ¡la misma, hijo, la misma! Pregunta á tu mujer si en nuestra casa se han conocido nunca las cesantías de su padre por haber suprimido ni un garbanzo en el puchero... y pregunta en las casas de todos los altos empleados, y te responderán lo mismo... Y en lo que toca á la nuestra, no será eso por los caudales que tenga en conserva mi marido. ¡Ay, si los tuviera, otro gallo nos cantara hoy á todos!... Cierto que tú puedes preguntarme: «y ¿por qué ese hombre no hace ahora los milagros que hacía otras veces? ¿Por qué en otras cesantías levantaba tantas cargas á un tiempo, y ahora ni siquiera echa una mano á ésta que me está quebrantando á mí?...». Bien preguntado se lo tengo yo á él también, hijo; bien preguntado... ¡muy preguntado! Y ¿sabes lo que me responde? Que, fuera de Madrid, fuera de España, es hombre perdido, hombre nulo, hombre incapaz; y que esta caída no se parece á otras. En las otras, puede decirse que nunca caía por entero; siempre quedaba agarrado con algo á lo que venía tras él: siquiera con la esperanza de volver á levantarse... y, sobre todo, quedaba en su casa, en su terreno, en su filón; y á tientas, á ojos cerrados, ponía él la mano sobre la tajada. Pero esto no ha sido caída; esto ha sido desnucarse, hijo, desnucarse... Ya ves: expatriado casi á puntapiés; tan lejos de su finquita (que así llamaba el ángel de Dios á Madrid) y difamado además, ¿qué ha de hacer, el pobre, por mucha que sea su habilidad?... Y bien la barruntaba, y bien me lo pronosticó... Cuando echó la barredera á lo poco que había á sus alcances, por lo que pudiera tronar, y tronó bien pronto, mandó la mitad al extranjero y nos dió la otra mitad á nosotras... Pues con esto vivimos, hijo del alma, desde que él se marchó hasta que tú viniste; y con algo de ello te ayudamos después, sin que tú lo supieras; pero se acabó, porque no era mucho, y en Madrid se va el dinero por los aires... Y este temor era el mayor clavo que llevaba consigo el infeliz. ¿Qué sería de nosotros sin su amparo? ¡Así él se apuraba; así él gemía al despedirse! ¡Ay, si le hubieras oído entonces; sobre todo, mientras abrazaba á la que hoy es tu mujer!... «No contéis, en los apuros, con los amigos»—decía,—«porque en seguida se cansan de dar dinero; y como vosotras no servís para pobres, lo mejor será, hija mía, que te humanices un poco con los hombres... hasta que des con uno que cargue con el peso que desde hoy no podré yo llevar sobre mí, por alejarme de vosotros quizá para siempre... Y no te descuides ni pidas gollerías, que la necesidad es grande y el tiempo corto...». ¡Y mira qué casualidad!... aquel mismo día, como quien dice, pareciste tú por casa... ¡Ah, tu suegro!... ¡qué hombre, hijo, qué hombre! ¡qué hormiguita! ¡qué fábrica de monedas si le hubieran dejado á la vera del filón!...