Dígote todo esto, hijo mío, no para que te ingenies y hagas otro tanto, que, por lo de hoy y lo de más atrás, bien veo lo sencillote que eres y la poca agua en que te ahogas; sino para que te pongas en la razón y no creas que lo de esta mañana fué sólo por el gusto de llevarte la contraria... Tú crees que no tiene una los sentidos puestos en todo, y que vive á tontas y á locas... Hijo, ¡qué chasco te llevas si tal crees!... Se calcula todo, se piensa en todo y se apura una por todo; y si no fuera así, no tomara una ciertas cosas tan á pechos cuando los cálculos fallan, por lo mismo que estaban á mazo y martillo y no podían fallar, como el que hicimos Clara y yo cuando tú te casaste. Hablándote en verdad, no eras el mejor de los acomodos para una mujer del rumbo de mi hija, porque, por muy alto que subieras entre la chusma de tu partido, á lo mejor ¡cataplum!... porque hay cosas tan malas, tan atroces de por sí, que no pueden durar de pie mucho tiempo; pero á esto que á mí se me ocurría, y también á Clara, decíame ésta: «Cuando caiga mi marido, subirá mi padre; y, de este modo, siempre estaremos en candelero...». Y por eso te... es decir, por eso sólo no, porque algo habría de cariño, supongo yo... Pero á lo que voy. ¿Quién había de pensar que este indecente Gobierno había de tener á menos traer á su lado á un hombre como Valenzuela?... ¡Grandísimos tunantes!... Hijo, creo que me pongo nerviosa otra vez...

Aquí hizo un alto mi suegra, porque le faltó el resuello y se le saltaron las lágrimas de coraje; y yo no quise interrumpirla hasta saber adónde iba á parar con aquella sarta de bachillerías, entre las cuales no dejaba de haber algo que excitara mi curiosidad. En determinados casos, de las sinceridades de los niños y de los mentecatos se saca mucho partido.

Después de cobrar alientos, de secarse los ojos y de darse aire con el abanico, prosiguió mi suegra de este modo:

—Dirás tú que á qué cuento vienen todas estas cosas... Pues, hijo, á que las consideres bien, si quieres hacernos ese favor; y después, á que, por la Virgen María y por todos los santos del cielo, nos des un respiro antes de matarnos de melancolía y de vergüenza en esa cárcel en que nos quieres encerrar... Mira, yo tengo un plan: á ver qué te parece... Tu suegro tiene para pasarlo regularmente, nada más que regularmente, donde está; pero puede dar un pellizco á sus recursos sin llegar á verse en los apuros que nosotros; y le dará, porque es su obligación, y sé yo que le dará en cuanto reciba la carta que le escribí después que tú te marchaste esta mañana. Nosotras dos, aunque la estación nos coge desnudas, enteramente desnudas, porque desde que llegamos á Madrid no nos hemos hecho una triste hilacha, nos arreglaremos con lo del invierno pasado... Ya ves que esto es una economía. Chuncha es mujer que tiene hoy buenos asideros entre las gentes del Gobierno: yo sé que si pide algo á ciertos hombres, no han de negárselo; y pienso hablarla para que saque un destinillo á Manolo... ¡Pobre hijo mío! ¡verse precisado á trabajar como un cualquiera!... ¡él, tan distinguido, tan mimado y tan tiernecito!... Pues ya tienes aquí otro recurso de qué echar mano; porque yo te prometo que lo que gane Manolo y lo que dé su padre, ha de ser para cubrir los gastos de primera necesidad que tanto te apuran... Ya sé que vas á decirme: y si Manolo no halla destino y su padre no nos da un cuarto, ¿de qué sirven esos planes?... De nada, hijo, de nada... de maldita de Dios la cosa... Pero mientras se ve si sirven ó no, danos un respiro... no te pido mucho, dos meses... ¡un mes siquiera! vamos, me parece que no es mucho un mes... ¡un mes para ir haciendo fuerza de voluntad!... Mira, te lo pido por Dios... ya que no lo hagas por nosotros; y de rodillas, si crees que no me humillo bastante...

Y trataba de hacerlo como lo decía, la desdichada mujer; y lloraba con toda su alma, y me cogía las manos entre las suyas; y me daba compasión, no su desdicha, sino su poco fuste, que era la principal causa de ella y del exagerado desconcierto en que la veía. Costóme algún trabajo conseguir que se tranquilizara. Después la pregunté:

—¿Y qué piensa Clara de todo esto que usted acaba de decirme?

—Pues, hijo, lo mismo que yo.

—¿Y por qué me lo calla?

—Como estáis de morros... Pero la llamaré, si te parece.

—¡No haga usted tal cosa!...