—Hijo... como quieras... Y á todo esto, ¿en qué quedamos de?...
Después de dudar unos instantes, respondí:
—En que concedo dos meses para que desenvuelva usted sus planes...
No me dejó concluir; pues en oyendo esto, salió de mi cuarto dando brincos, como una chiquilla resabiada.
Con aquella concesión que yo hacía en bien de la paz doméstica (y entiendo aquí por paz la cesación de la guerra encarnizada, no el sosiego ni el bienestar de toda casa bien regida), quedéme en un relativo descanso de espíritu, como fatigado viandante que arroja la carga mientras refresca los labios y repara sus fuerzas, tendido á la sombra junto á la fuente... ¡Pero la carga está allí, á su lado, y el camino también; y hay que volver á echar la una sobre las espaldas, y emprender el otro!...
XXXIII
Siguieron á este suceso días tristes, muy tristes para mí. Después que pasa la fiebre que enardece las ideas y finge bríos al cuerpo, es cuando el paciente, con el ánimo en reposo, conoce la importancia de la enfermedad que le postra. Por rigor de la misma ley, nunca tuvo mi espíritu una fuerza de visión tan potente como en aquellas horas de relativa calma; creo que era la primera vez que yo lograba estudiar con lucidez perfecta, juicio reposado y á su verdadera luz, el cuadro de mis desventuras, en el cual acababa de estampar la mano de la desgracia que me perseguía, un nuevo detalle. El Gobierno suspendió las pensiones concedidas por el anterior en virtud de merecimientos excesivamente revolucionarios, y Carmen se vió sin la suya cuando más falta le hacía, porque su salud empezaba á quebrantarse. Súpelo por Quica, que me lo dijo muchos días después del suceso que su ama me ocultaba, sin duda por no añadir ese disgusto más á los muchos que la confiaba yo en aquellos días. Porque cuando me vi henchido de penas y sentí la necesidad de abrir las válvulas del pecho dolorido, los amigos me daban miedo, y sólo en ella me atreví á depositar los secretos de mi corazón; y acabé por confiárselos todos, todos, aun aquéllos que, en mis tristes meditaciones, me resistía á declarar á mi propia conciencia. Y es que, al confiar mis desventuras matrimoniales á la indulgente y cariñosa amiga, sentía yo, con el placer del alivio de un peso formidable, algo como la satisfacción que nace de un penoso deber cumplido. Sospeché que así lo entendía ella también; y de esta mutua inteligencia resultaba un nuevo interés en nuestras conversaciones, mal contenidas á veces en los términos que nos trazaban consideraciones y respetos menos fuertes que la secreta intención que á ambos nos movía.
Pero ¡qué breves eran estas horas, por lo mismo que pasaban sobre mis tristezas como ráfaga de aire por herida de fuego! Después volvían los negros pensamientos, la realidad de las cosas, el hecho brutal... y ¡qué horas tan largas y tan distintas!... Sobre todo, la del retorno á mi hogar... ¿Á qué? ¡Dios mío! Se puede vivir pobre y enfermo y perseguido; se puede vivir en una cárcel y atado á una cadena, sin aire y sin sol; pero no como yo vivía con mi propia mujer. Son frecuentes, quizá de necesidad, las rencillas y desavenencias en los matrimonios. Duran un día, una semana, un mes... un año; pero las sostiene un motivo casual, más ó menos grave, que al fin se ventila y se olvida; y vuelve la paz á reinar en la casa, porque nunca faltó el amor en los corazones; pero en mí no cabía esta esperanza, porque Clara, que nunca me amó, había roto el único lazo afectuoso que nos unía, al primer choque de su impetuosa altivez ofendida con mi tesón de marido desencantado. El mármol que se animó un instante, porque el infierno lo quiso, amasando cálculos de interés con una epopeya bestial en una mente bravía, volvió á ser dura peña tan pronto como los cálculos fallaron y no quedó del héroe de un momento más que el hombre prosaico con unas cuantas virtudes de pacotilla. Por ajustar á sus leyes mi conducta, el frío llegó á ser alejamiento, y el alejamiento, mortal antipatía. Yo sabía esto, no porque Clara me lo hubiera dicho, sino porque lo leí en ella como en un libro abierto, en cuanto se apagó en mí la última pavesa del fuego de la carnal pasión que me condujo, ciego, á echar sobre mí la cadena de la más horrible de las esclavitudes. Cabalmente era la falta de disimulo la única virtud de mi mujer. Pero yo no la aborrecía; y aun hubiera llegado á convertirse en verdadero amor mi desatinado deseo, si en ella hubiera podido más la idea de sus deberes que la insana vanidad de los placeres ostentosos; si hubiera sido capaz siquiera de pagarme en falsa consideración los riesgos que afronté gustoso por ella, y de no olvidarse tan pronto de aquellos apasionados arrebatos de los primeros días.