Pues con este infierno de consideraciones en la cabeza entraba siempre en mi casa, donde me aguardaba la yerta é implacable impasibilidad de mi mujer por único consuelo. Y así un día y todos los días; y esto al comienzo de nuestro matrimonio; y yo muy joven aún, y ella más joven todavía. ¡Cuántos años por delante! ¡Qué camino tan largo, tan obscuro y escabroso! ¡Qué agonía tan espantosa, sin la esperanza de la muerte! Muchas veces pensé en ella con criminal delectación; y bien sabe Dios que no fueron respetos humanos lo que me impidió cometer entonces el mayor de los desatinos.
Una vez en el paroxismo de mi desconsuelo, antojóseme que brillaba un punto luminoso en la densa obscuridad que me rodeaba. Entre Clara y yo no había mediado todavía un verdadero examen de las causas de nuestro mutuo alejamiento. Verdad que lo que salta á la vista no hay para qué desmenuzarlo en palabras; pero ¿no podíamos vivir equivocados los dos, ya que no en lo fundamental, en algo accesorio siquiera? Y aunque no lo estuviéramos, ¿debía darse por resuelto un asunto tan grave y transcendental, sin agotar todos los trámites del proceso? ¿Y no era el principal de todos ellos una serena y detenida explicación del punto litigioso? De todas maneras, así no se podía vivir; y en hablar no se perdía nada. Propúseme tener una entrevista con mi mujer; y resuelto á ello entré en mi casa á la hora de costumbre, precisamente en ocasión de salir Barrientos de ella. Éste era otro punto que comenzaba á preocuparme un poco. Busqué á Clara, y la hallé muy serena en su gabinete, en el cual acababa de encerrarse después de despedir á su amigo. Se extrañó de verme allí, y me lo dió á entender con una mirada de las suyas; yo la expuse en el acto mi propósito, después de sentarme á su lado. Esta escena me trajo á la memoria otra bien semejante á ella en sus detalles externos; pero ¡cuán distinta en la situación moral de los personajes! Por lo mismo, quise utilizar el recuerdo para poner á prueba la sensibilidad de mi mujer.
—También se trataba entonces—la dije,—de examinar el fondo de nuestros corazones; y tú te complacías en decirme lo que ibas leyendo en el mío, que cuidaba yo de ponerte delante de los ojos; y cuando llegó el caso de descubrir lo que había en el tuyo, ¡de qué modo, y en qué ocasión me lo mostraste, Clara! ¿Te acuerdas?...
Como si hubiera llamado con los nudillos en un muro de cal y canto. Se encogió de hombros, se apartó un poco de mí, y me preguntó secamente:
—¿Adónde quieres ir á parar con esas ñoñeces que traes ahora á colación?
Sentí la burla como una bofetada, y contesté:
—Á que, tratándose también ahora de descubrir el fondo de nuestras conciencias, muestres un poco del afán en que entonces me aventajabas, para saber en cuál de los dos reside el hielo que apagó la hoguera de aquella pasión que parecía consumirnos á entrambos; quién de nosotros es más culpable de este alejamiento en que vivimos; quién se complace en ello, ó quién lo deplora; cuál es el remedio que se necesita, ó si no queda ninguno para que cese esta situación insoportable.
—Te dije en otra ocasión—respondióme, fría y dura como una peña,—que éramos tú y yo incompatibles en muchas cosas. Hoy te lo vuelvo á repetir. La razón de esta incompatibilidad, se siente mejor que se explica... Nace de muchas pequeñeces y de algunos motivos graves que se van acumulando poco á poco, y al fin llegan á imponerse al corazón y al juicio, por su propio peso... y yo no sé mentir... Y ¿qué te extraña?... ¿No está sucediéndote á ti lo mismo?
—Sí—repliqué,—¡pero por cuán distintas causas!... ¿Quieres que las analicemos fría y desapasionadamente? ¿Te atreves á enumerar las condiciones que, en opinión tuya, me faltan para hacerte llevadera y grata la vida á mi lado, como me atrevo yo á decirte lo poco que necesito para creerme venturoso, aun en medio de la penuria en que vivimos por un azar de la suerte?
Se encogió de hombros al oirme, y me contestó con glacial aspereza: