—No quiero perder más tiempo en necias puerilidades.
—¡Lástima—exclamé entonces, sin poder contenerme,—que te falte el valor para cosa tan honrada y trivial, mientras te sobra para la inicua empresa en que estás empeñada conmigo! ¡Formarían un hermoso contraste los dos cuadros! En el uno, tu soberbia indómita; tu única religión, tu única fe: la adoración á ti misma; tu amor insaciable á la ostentación de todas las vanidades frívolas y mundanas; tus malogrados intentos de hallar en mí el complaciente marido que, de cualquier modo, colmara las ambiciones de tu alma empedernida. En el otro cuadro, mis vulgares virtudes de lugareño; mi corazón dispuesto á perdonarte, y aun á quererte, si registrando las frías soledades del tuyo, reconoces la razón con que me quejo y el derecho con que maldigo aquellos días en que, á la falsa luz de tu pasión de artificio, lograste que te creyera capaz de hacerme venturoso entregándote confiada á mí para correr juntos los riesgos más comunes de la vida... Mis efímeros triunfos, mis afortunadas locuras, cuanto he sido, cuanto valgo; mis pensamientos más íntimos, mis aspiraciones... todo te lo he sacrificado gustoso... todo ha sido para ti... ¿Y qué me has dado en cambio?... Unas horas de brutal embriaguez, mientras tus insanas ambiciones no hallaron el menor obstáculo que las resistiera; un infierno de torturas desde que te convenciste de que no me hallaba dispuesto á sacrificarte también la vergüenza y el honor, cuando lo necesitaras para pedestal de tus vanidades.
Todo esto le dije de un tirón, con voz vibrante y ademán enérgico, mirándola á la cara sin miedo á las saetas de sus ojos... Pues como si callara, ó se lo dijera á una estatua de granito.
La única señal que observé de que me había oído, fué el acentuar mucho el gesto altanero y despreciativo, habitual en ella, tiempo hacía, en cuanto me tenía delante. En seguida me dijo, en un tono y con una voz y una mirada verdaderamente dilacerantes:
—El alma de una mujer tiene misteriosos resortes, cuya acción produce muy contrapuestos sentimientos. En saber herir esos resortes consiste toda la ciencia de hacerse amar. Tú has tenido la desgracia de ser muy torpe en ese empeño conmigo.
—De poco acá—la interrumpí:—desde que contra esa torpeza no cabe el recurso de desistir del empeño. Cuando cabía, era yo bastante más diestro. ¡Qué casualidad!
—Pudo serlo, si quieres—replicóme impávida;—pero el hecho resulta, y yo le lamento tanto como tú, porque la misma cadena nos ata.
—Por eso, y porque no puede romperse, trato de hacerla más llevadera. Ayúdame en mi propósito.
—No veo la manera; porque, te lo repito, no sé fingir virtudes que no poseo.
—¡Cumple, al menos, con tus deberes!