—No hay nadie,—me dijo al verme.

¿Y qué más me daba que hubiera alguien ó no, si á mí nadie me echaba allí en falta jamás, ni por nadie preguntaba yo, porque todos me estorbaban lo mismo? Pero noté que la sirviente tosía muy seco, y muy á menudo y muy fuerte, y que no estaba enteramente serena cuando me hacía una advertencia tan inusitada. Y con esto, y con ver en la percha en que fuí á colgar mi sombrero otro muy reluciente, con las alas muy reviradas, que no era mío ni de Manolo, y una ráfaga, como soplo de Lucifer, que pasó instantáneamente por mi cerebro excitado, adelantéme de un salto á la doncella, que ya me precedía en el camino que yo intentaba seguir; y en otros dos llegué al gabinete de mi mujer. La puerta estaba cerrada por dentro. Descargué sobre ella todo el peso de mi cuerpo; saltó la cerradura, y abriéronse de par en par las débiles y charoladas hojas... ¡hojas de un libro inmundo en que vi estampada la última afrenta que podía echar sobre mí aquella infernal criatura!

La fiebre que me devoraba ya, y que en aquel instante debió llegar á su grado máximo, dióme las fuerzas de un león. Pues aún me parecieron pocas en medio del frenesí con que agarraba cuanto hallé al alcance de mis trémulas manos, y lo arrojaba á ciegas sobre el ladrón, por no tener un puñal que clavarle en el pecho, mientras la infame huía por una puerta excusada... No quiero detenerme en pintar los detalles de aquella lucha bárbara en la angostura de un aposento que retemblaba á los golpes de los muebles hechos astillas, y al eco de mis maldiciones. Acabóse antes, mucho antes de lo que yo deseaba, porque el crimen hace cobardes á los hombres más fuertes; y él supo aprovechar mi primer descuido para huir por la misma puerta por donde había entrado yo.

Cuando salí en busca de su cómplice, ésta no se hallaba ya en casa. Me alegré de ello. ¿De qué me hubiera servido tenerla delante, si había de atarme las manos la misma hidalga reflexión que me impidió matarla en su aposento?...

Sin perder un instante, me dirigí al mío. Reuní cuanto á mano pude hallar de mi equipaje y otras menudencias de mi particularísima propiedad; y en un mísero baúl, no mucho más lucido que el de un estudiante, mandé que me lo bajaran al portal. Hacíanseme siglos los momentos que tardaba en salir de aquella aborrecida casa, cuyos techos parecían desplomarse sobre mí al peso de tanta ignominia.

En el primer coche que pasó desalquilado por la calle, me fuí á la posada de Matica, cuyas señas no di al cochero hasta verme lejos de la casa que abandonaba. No quería dejar en ella el menor rastro de mi paradero. Aquella noche deposité, entre lágrimas amargas, en el alma de mi amigo, el bochornoso secreto de la mía. ¡Me ahogaba ya la plenitud de tanta desventura! Sus atinados pareceres, sazonados con el jugo de su fraternal cariño, me consolaron; pero cuando más tarde me sepulté, calenturiento y dolorido, bajo las coberturas del lecho, el sueño me negó el beneficio de sus halagos, y pasé la noche desmenuzando en la ardorosa mente el terrible suceso, saboreando planes de venganza. Tres días estuve sin salir á la calle.

El demonio quiso que, al poner los pies en ella, nos tropezáramos, cara á cara, Barrientos y yo: aún llevaba en la suya más de una señal de mis golpes. Recrudeciéronse mis odios de repente, y le añadí otra nueva con mi mano. Separónos la gente; dióme él, airado, las señas de su casa; y cayendo yo en la cuenta de lo que iba á suceder, le di, no las de la mía, sino las de la redacción de El Clarín. Previne á Matica, y afeó mi conducta que ponía mi vida á merced de la destreza de mi adversario. Fuimos de la misma opinión; pero ya no había remedio, amén de que, aun á riesgo de morir, yo no me vería jamás harto de habérmelas con un hombre tan aborrecido... Y, sin embargo, ni aun con matarle quedaría yo satisfecho; porque no era él el verdadero delincuente, sino ella... ¡ella era quien, en buena justicia, debía morir entre mis manos!

Dos elegantones apadrinaron á Barrientos; Matica y Redondo me apadrinaron á mí. Hubo pocos trámites, porque la cosa iba de veras, y yo no impuse á mis amigos otra exigencia que la elección de armas contundentes, si era posible. Matar de un tiro, me parecía cosa por demás insípida, puesto que yo no trataba de probar mi serenidad con una certera puntería, sino de desahogar mis iras moliendo á golpes ó á cuchilladas.

Se eligió el sable, porque á mi adversario todo le era lo mismo; y á la madrugada siguiente, en la Alameda de Osuna, tras unos preliminares que me parecieron solemnemente ridículos, nos pusimos frente á frente los dos, desnudos de medio arriba. Á la primera señal me lancé como una furia sobre mi contendiente, creyendo, incauto, que todo el éxito dependía de la fuerza. Sin embargo, en mi furor impetuoso, llegué á desconcertarle de tal modo, acaso porque su corazón no correspondía á su destreza, que la necesitó toda para defenderse de mis golpes incesantes; pero al cabo se hizo dueño de mí; y tras de darme una paliza á su gusto, pudiendo matarme sin gran esfuerzo, se contentó con arrancar el arma de mi mano, descoyuntándome la muñeca.

Dióse con esto el lance por terminado, y yo me volví á casa acompañado de mis amigos, tan afrentado como había salido de ella, más con la vergüenza de haber sido apaleado por el mismo que me afrentó. ¡Y estos lances los han discurrido los hombres cultos para lavar manchas del honor! ¡Mentecatos!