La prensa habló al otro día de este encuentro, sin citar nombres; pero con tales señas, que los más torpes nos conocieron; y conociéndonos, se trató del motivo en todas partes, y con ello se hizo público en pocas horas lo que, con saberlo yo solo, me ponía rojo de vergüenza. ¡Y Barrientos creció dos palmos en la opinión de las gentes, así por la conquista como por su hazaña en el lance que motivó!... ¡Y mientras el ladrón se pavoneaba recibiendo los honores del triunfo por las calles, el robado no se atrevía á salir á la luz del sol temiendo los silbidos del mundo! ¡Ésa es la justicia que se usa entre los que tanto se pagan de él!

Después de este suceso, érame imposible la residencia en Madrid; su luz, su aire, sus ruidos, todo cuanto me rodeaba allí me decía una misma cosa, sonaba á una misma cosa, me hería de la misma manera: todo me parecía un pregón escandaloso de mi ignominia. Pero ¿adónde ir? ¿Á esconderme en las soledades de mi tierra? ¡Qué hijo pundonoroso se atreve á enjugar en el regazo de su madre el llanto de pesadumbres como la mía?

Era preciso huir lejos, ¡muy lejos!... Adonde no hubiera llegado la funesta resonancia de mi nombre; adonde no me conociera nadie; donde yo pudiera cambiar radicalmente las costumbres de mi vida y trabajar de otra manera, y ya que no perder por completo la memoria, refundir mi naturaleza al influjo de otros climas, de otros hábitos y de otras gentes.

Y la idea de abandonar á Carmen cuando más necesitaba de mí, me asaltó al punto, como un obstáculo insuperable puesto delante de mis propósitos. Y entonces, en medio de la exaltación que me robaba la serenidad, quise conjurar el conflicto con una nueva locura: con la de llevarme á la honrada huérfana conmigo... porque la amaba y me amaba... ¡qué enormidad! Precisamente la razón de más peso que yo debí tener presente para respetar su buena fama. Y hasta cometí la torpeza de proponérselo; y sólo caí en la cuenta de mi insensatez, cuando el asombro se pintó en su mirada y el rubor en sus mejillas. Pero yo no podía resignarme á abandonarla á los azares de su mala fortuna, ni renunciar á mis propósitos de alejarme de España, quizá para siempre.

Dando tortura á mi imaginación, concebí un plan que sometí al juicio de Matica, no fiándome ya del mío. Le aplaudió, y era éste: mi amigo velaría por ella con el mismo celo que yo; y en un caso extremo, ó porque las fuerzas la faltaran, ó llegara á quedarse sola, ó fuera la suerte tan implacable conmigo que me negara el consuelo de ampararla desde lejos, se la enviaría á mi padre, á cuyo lado hallaría cordial y placentera hospitalidad. En previsión de este suceso, habléle algo de él al escribirle aquel mismo día, noticiándole mi propósito de alejarme de mi patria, donde la fortuna me era bien adversa; pero cuidando mucho de que no trasluciera el noble y honrado viejo en mis palabras, de intento risueñas y animosas, la amargura de mi espíritu, ni el más leve vestigio de la tempestad levantada en mi vida conyugal. ¡Cómo me costaba dejar la pluma de la mano, no creyendo nunca bastante bien cumplidos los dos propósitos que me guiaban al escribir al pobre hidalgo!

Sin dar tiempo á que más frías reflexiones pudieran entibiar algo mi última resolución, reduje á dinero todas mis alhajas, que no eran muchas; entregué á Quica una buena parte de ello, porque Carmen no hubiera querido recibírmelo; hablé á ésta del plan acordado con Matica; vió en él la señal de lo largo de mi ausencia; lloró... lloramos todos; estampé en su frente casta un beso que no la empañó con la más leve mancha de impureza; abracé á Quica también, y huí, con el corazón oprimido, de aquellos afectos que enervaban los bríos que me hacían falta para lanzarme á la empresa en que me había empeñado la dura ley de la necesidad.

Pasé con mi amigo el resto del día; y al siguiente, muy temprano, salí de Madrid por el camino de Andalucía, agobiado el ánimo bajo la tiranía de la memoria, que no se cansaba de ponerme delante de los ojos las más risueñas ilusiones enfrente de todos los errores y desencantos de mi vida.

Y por único consuelo en esta cruda batalla de contrapuestas ideas, el misterio de mi porvenir hacia el cual iba sin rumbo ni derrotero, como inerte masa lanzada al espacio por la fuerza brutal de mi desdicha... ¡Adónde iría á caer? ¡Qué sería de mí?

Entonces aparté la consideración del mísero polvo de la tierra; y, con los ojos inmortales del alma, á la luz que guardé siempre con amor de cristiano en el sagrario de mi fe, vi la Providencia de Dios que no abandona ni á los pájaros del aire, y me entregué, confiado, á sus designios.