Busqué entonces, no la distracción, sino el aturdimiento, en el tráfago de los negocios; y no sé cuántos años pasé así, amontonando un caudal que parecía burla de la suerte, por dármelo cuando ya no le necesitaba.
Los únicos afectos que sobrevivían en las ruinas de mi corazón, se habían reconcentrado en Matica, cuyas cartas me consolaban mucho, y me enteraban de lo poco que podía interesarme en el mundo. Así llegué á saber la muerte de la duquesa del Pico, y que Barrientos había dado con un mozo que, sin gozar fama de espadachín, le había hundido en el pecho media vara de florete con todas las reglas del arte.
Matica había concluido, al fin, su carrera; pero no la ejercía, porque su delicada complexión se lo vedaba. En cambio, se había entregado con gran fervor al cultivo de las bellas letras; y tenía dos comedias terminadas y, como quien dice, en turno para ser puestas en escena en el primer teatro de Madrid. Le afligía bastante un pertinaz catarro, desde el invierno anterior; pero esperaba curarle con las brisas de mayo. Esto me decía en febrero. Pues en abril, con la inesperada noticia de su muerte, hundió Redondo, que me la transmitía, el último clavo doloroso en mi corazón.
Después viajé mucho, ¡mucho! apenas recuerdo por dónde; porque ya no buscaba en mis viajes el placer de las impresiones adquiridas en la contemplación y el estudio, sino el ruido, el movimiento, la variedad, el vértigo... Hasta que el cansancio me rindió, y comencé á pensar, viéndome envejecer, encanecido y sin designio que cumplir en la tierra, en qué rincón de ella arrojaría la pesada é inútil carga de mis huesos. Sentí entonces dentro de mí, en lo más hondo y obscuro, la santa voz de la patria que me llamaba á su maternal regazo; y vine á mi tierra nativa resuelto á exhalar el último suspiro donde vieron mis ojos el primer rayo de luz.
¡Otro desencanto con el cual no contaba yo!
Por remate de mi larga y azarosa carrera, me vi casi extranjero y solo en mi patria; porque ser extranjero y estar solo, es vivir entre generaciones que se han formado lejos de nosotros, y han creado una sociedad que en nada se parece á aquélla en la cual nacimos y nos formamos después á su manera.
Al movimiento innovador y reformista iniciado ya con brío á mi salida de España, había sucedido la revolución política de 1868, harto más radical y demoledora que la del 54, en que tan activa parte había tomado yo. El primero transformó el aspecto exterior de los pueblos; la segunda influyó grandemente en el modo de pensar de los hombres; y al impulso de estos dos agentes poderosos, la sociedad salió de sus antiguos cauces, y entróse por otros nuevos; creóse la vida distintas necesidades, y se transformaron radicalmente las costumbres.
Hallé en mi humilde lugar hermosas casas de campo con sus correspondientes parques á la inglesa; una fonda en la playa; carreteras en todas direcciones; un casino con periódicos y mesa de billar; dos confiterías; una taberna en cada esquina; tres chalets con alamedas en la pradera cercana al mar, y seis casas de posada... Los Garcías... ¡qué Garcías ni qué niño muerto! No quedaba señal de ellos. Quien lo mandaba todo era un hijo de mi contemporáneo Toño Calambrios, que dejó la labranza y se hizo feriero; se metió después á demócrata posibilista, y hoy se cartea con Castelar, y es presidente del comité de este pueblo, donde tiene cuarenta suscriptores el Globo terráqueo y cerca de veinte La Bocina Montañesa, periódico posibilista madrileño el primero, y federal-conmutativo-bilateral de Santander el segundo...
En cuanto á la saya de bayeta fina con lorza y tira de terciopelo, y al justillo de pana, y al zapato bajo y la media con calados, y el pandero con cascabeles, ¡buenas y gordas! Aquí no gastan las mozas menos que vestidos de larga falda y chaquetas ceñidas, con adornos de pasamanería; el pelo en rodete, y flequillo por delante, á uso de señoras; y á uso de señoras bailan los domingos agarradas á los mozos, por todo lo fino, al son de dos violines y una flauta que se pagan de fondos municipales.
Añádase á todo esto que los chalets y casas de campo pertenecen á gentes forasteras que los habitan en verano; que forasteras son las que acuden á la fonda de la playa y á las posadas del lugar; que los viejos que yo dejé en él no existen hoy; que los mozos de entonces parecen viejos caducos ya; que los mozos de ahora no habían nacido todavía; y por último, y es lo más triste para mí, que de toda mi parentela, dispersa por las inmediaciones, no me quedan más que unos cuantos sobrinazos que me visitan de tarde en tarde, y eso porque soy rico y sin herederos forzosos; y diga el más nimio en esto de enmendar voquibles, si no me sobra la razón para considerarme solo y extranjero en mi lugar nativo.