Y no me pesa de ello después de bien considerado: así vivo más independiente y quedan menos huellas con que reverdecer mis, aunque penosos, amortiguados recuerdos. La única que, por llegar, me los ofreció muy amargos, fué el caserón donde conocí á la funesta familia, causa de todas mis desventuras. Siempre que miraba hacia él, veía la misma figura escuálida, ceñuda y silenciosa, errar por sus pasadizos. Su último poseedor le había destinado á fonda. Traté de comprarle, y pidiéronme triple de lo que valía. Paguélo gustoso; y á pretexto de reconstruirle, le demolí hasta sus cimientos. Y así permanece, hecho un montón de escombros. Pues ¡ni por esas! Cada vez que los miro, veo encaramada sobre ellos la aborrecible figura blanca, con el pelo desgreñado, el entrecejo fruncido y los ojos fulminantes. Es mi gato negro.

Hallé la casa paterna indivisa y cerrada. Se la compré á mis coherederos; compúsela, y en ella vivo. Arreglé también la huerta, y, además, cerqué una gran extensión de tierra en la loma que domina el mar. Estoy suscripto á varios periódicos y revistas de otros tantos colores y castas. Me entretienen mucho sus algarabías, por lo mismo que no me apasiono por ninguno de los contendientes.

No se parecen estas políticas á las de mi tiempo. ¡Cómo ha cambiado todo! Hasta el estilo. Sin embargo, aún se escriben muchos artículos á la manera de los de Redondo, y particularmente muchas críticas como las que yo enjaretaba en El Clarín de la Patria. ¡No me faltaba, en mi desdicha, más que el remordimiento de haber formado escuela! Pues algunas veces le tengo, porque el género abunda como la mala yerba, y la crítica esa se parece á la mía como un huevo á otro.

El señor cura, nuevo también en el lugar, me acompaña largos ratos: es joven y celoso de su deber. Hablamos poco, casi nada, de lo de tejas abajo, y mucho de lo de tejas arriba. Nos entendemos bien en este delicado particular, y yo me alegro de ello.

En el cierro tengo una labranza montada en grande, y mis ganados son la admiración de toda la comarca. Pero no puedo conseguir que mis convecinos los tengan como ellos, sin más trabajo que hacer lo que yo les mando y recibir lo que les ofrezco. La rutina es su debilidad, y también su castigo. En la huerta he llegado á hacer primores en materias de ingertos y otras habilidades. Cultivo algunas plantas de adorno, y yo mismo podo los árboles y sorrapeo los caminos. De vez en cuando voy á echar una calada desde las peñas de la costa; y me saben después á gloria las lobinas y los saperos que trabo... Y así por el estilo; y, como pueda remediarlo, siempre solo.

En casa leo, trabajo en carpintería menuda, y últimamente he escrito todo lo que antecede.

¿Por qué, siendo de tan penoso recordar lo que más abunda en ello? ¡Qué sé yo! Quizá porque, al entretener horas sobrantes de las pesadas noches de invierno, escudriñando los pliegues de la memoria y los escondrijos del corazón, experimento cierto placer algo parecido al que siente el avaro al revolver y manosear su tesoro; pues, al fin y al cabo, de breves goces y de amargas y muy hondas pesadumbres se compone el caudal de la vida humana.

Bien sé que me expongo á que el soplo de algún diablillo enredador esparza, á la hora menos pensada, mis papeles por el mundo.

Yo lo daré por bien empleado, con tal que el ejemplo de mis desengaños llegue á servir á alguno de escarmiento.

Polanco, octubre 1883.