Como que llegó á decirme una mañana, entrando en mi cuarto, espoleado por la vehemencia misma de su propósito:
—Pedro, de hoy no paso sin dejar arreglado ese punto.
Entendíle yo, por constarme que no pensaba en otra cosa, y no le opuse el menor reparo. La verdad es que ó don Augusto Valenzuela no podía cosa mayor en el asunto de que se trataba, ó la administración iba á ser mía tan pronto como se le apuntara el deseo de conseguirla.
¡Y qué feliz casualidad! Precisamente fué aquel día cuando se le antojó al señorón de Madrid, hallándonos mi padre y yo á su lado aguardando una coyuntura favorable para entrar en materia, preguntarme por mi plan de vida para lo porvenir. Verdad que la tal pregunta fué originada por una insinuación, no del todo pertinente, de mi padre, sobre la corrupción de los tiempos y los peligros de la juventud ociosa en los pueblos, por falta de medios ó valedores.
Conmovióse de los pies á la cabeza el bendito señor, pues vió llegado el instante de que sonara la voz del oráculo que había de revelar el misterio de mis destinos, y expuso á la vista del personaje el cuadro de todas mis ambiciones. Mientras no supo el señor de Valenzuela qué casta de administración era aquélla que se pretendía, nada dijo en bien ni en mal de la pretensión; pero cuando averiguó que entre ella y la secretaría del ayuntamiento no producirían arriba de tres mil quinientos reales, no acababa de asombrarse de nuestra pequeñez de miras. Clara se santiguó al oirme que con aquello me bastaba para vivir hecho un príncipe en mi lugar.
—Señor don Juan—exclamó el Excmo. don Augusto encarándose con mi padre,—hay que distinguir de tiempos; y entienda usted que en los que corren, eso que quiere hacer su hijo de usted equivale á un suicidio, del que Dios le ha de pedir cuentas.
Aquí fuimos nosotros dos los asombrados.
—No comprendo la razón,—balbució mi padre, descolorido.
—Un suicidio he dicho, y lo sostengo—continuó el señor de Valenzuela.—¿Usted sabe lo que son tres mil reales hoy... ¡tres mil reales! que los gasta una familia, por modesta que sea, en un par de semanas? Las generaciones, señor don Juan, y hoy con doble motivo que en los tiempos que usted alcanzó y va dejando atrás, se siguen y no se parecen. Á usted le bastó la hacienda que tiene para crear una familia y sostenerla con cierta independencia, porque las costumbres de entonces en estos pacíficos retiros no exigían cosa mayor; pero su hijo de usted no puede conformarse con eso sólo, porque las circunstancias han variado mucho y han de variar mucho más. Mientras viva al lado de usted, vaya con Dios; pero á la hora menos pensada deseará casarse, y se casará... y tendrá hijos... quizá muchos hijos; y para entonces se habrá transformado completamente este pueblo, porque llegará hasta él, en día no lejano, el movimiento de la nueva vida que comienza á extenderse desde el corazón á las extremidades de la península; verá sus hijos vagar medio desnudos por estos callejones, y crecer bravíos entre la cultura y el lujo de los forasteros que han de veranear aquí, no muy tarde, atraídos por la hermosura de la playa. Mas aunque estuviera decretado que este pueblo no saliera jamás del aislamiento en que hoy se halla, la transformación de los comarcanos dejaría sentir en él su influjo avasallador. Pedro no podría soportar las cargas que le impusiera la vanidad de su alcurnia, y sin abnegación bastante para decidirse á labrar la tierra con sus manos, acaso se corrompiera la bondad de su corazón, movido de las tentaciones á que le arrastraría la calidad de su empleo. ¿Qué mayor suicidio que éste, señor don Juan? Además, y aun suponiendo que le bastara con los tres mil y pico de reales del sueldo y de la administración, más los cuatro terrones que le pertenezcan de la hacienda de su padre, para vivir sin ahogos y sin trampas, ¿no es un dolor, un verdadero pecado mortal, que un mozo de sus prendas, tan gallardo y despierto (¡qué de reverencias hice yo aquí!) se conforme con vivir y morir en esta obscura soledad, como el árbol en el monte?... Me dirá á esto el señor don Juan que así ha vivido él sin corromperse ni encanallarse; pero á eso le replicaré repitiéndole que á otros tiempos, otras costumbres. Usted fué entonces por donde iban todas las gentes de su condición, porque no había otro camino que seguir ni otras ambiciones que acariciar; pero hoy se van abriendo muchas puertas antes cerradas á las empresas de los hombres como ustedes, y es hasta un deber de hidalguía en los jóvenes, como Pedro, salir á romper una lanza en ese palenque donde los mozos de corazón conquistan honra y provecho.
Todas estas reflexiones, expuestas, al parecer, con cariñosa vehemencia, eran completamente nuevas para mí; quedéme absorto al oirlas, como paleto ante cuyos ojos se descorre por primera vez la cortina de un escenario lleno de mágicas maravillas, y no me atreví á replicar una palabra. Mi padre, no menos asombrado que yo, dijo al terminar su discurso el señor de Valenzuela: