—Muy al caso está todo eso, señor don Augusto; pero usted sabe muy bien que no siempre es la suerte para quien la busca.

—Si no se halla la suerte—repuso el personaje,—se halla algo que se le parezca, y, de seguro, mucho que valga más que la secretaría de este ayuntamiento. Cuando menos, se ve el mundo, se aprende algo y se cumple con el deber de luchar por la vida.

—Bien está—tornó á decir mi padre;—pero ¿y si se pierde lo cierto y no se logra pizca de lo dudoso?...

—Se vuelve á empezar y se lucha de nuevo.

—Ya; pero usted no considera que para lanzarse á esas aventuras, para dar los primeros pasos, para proveerse, digámoslo así, de las indispensables armas, no todos cuentan con los recursos necesarios, á falta de valedores generosos...

—En plata, señor don Juan—exclamó aquí el manchego personaje:—el buscarle á Pedro un destinillo en Madrid con que pueda ir viviendo mientras la suerte y sus merecimientos le pongan más arriba, es para mí cosa facilísima. Díganme ahora, con franqueza, si les conviene la oferta que les hago con todo mi corazón.

Miróme aquí mi padre y miréle yo á él, y no me atrevo á asegurar quién de los dos estaba más conmovido y desencajado.

El resultado final de aquella memorable escena fué rogar al señor de Valenzuela, después de agradecer, cuanto cabía en pechos hidalgos, la protección con que me brindaba, que nos permitiera meditarlo despacio, antes de darle la respuesta, que no pasaría del día siguiente.

¡Meditarlo! ¿Para qué?, si antes de salir de casa del personaje ya me imaginaba yo ser otro que tal, y no andaba mi padre á dos dedos de mis figuraciones, según colegí de lo primero que me dijo al poner los pies en la calleja.

Al día siguiente, muy temprano, monté á caballo, y no corrí, sino volé á casa de mi hermana la procuradora: referíle el caso, pedíle su parecer delante de su marido, y antes que yo concluyera de hablar, ya me estaban empujando los dos, locos de contentos, para que volviera á coger al rumboso don Augusto por la palabra. Brindáronse también á ayudarme con cuanto fuera necesario en todo aquello para lo cual no alcanzasen los ahorros de mi padre; tomélo muy en cuenta, y de otro tirón me planté en casa de la jándala. Alegróse también ésta de la suerte que se me metía por las puertas, y me excitó á que, cuanto antes, aceptara la oferta del señorón; pero ni ella ni su marido soltaron la menor prenda referente al auxilio pecuniario que yo pudiera necesitar. Tenía el jándalo fama bien ganada de roñoso, y ya he dicho en otra ocasión que ésta mi hermana iba asimilándose poco á poco todos los resabios de su marido. También el arbitrista y su mujer me aconsejaron que aceptara el destino; pero en lo tocante á lo otro, no fueron más rumbosos que la jándala.