Volvíme á casa antes del mediodía, no sin haber sacado á espolazos los pocos bríos que le quedaban al cuartago de mi padre; referí á éste el éxito feliz de mi viaje; comimos luego bastante desganados y muy pensativos, y fuímonos por la tarde á dar al señorón de Madrid, afirmativamente, la respuesta que le habíamos prometido.

En esto avanzaba el mes de septiembre; el tiempo iba refrescando, y se comenzaba en el caserón restaurado á preparar la vuelta de sus dueños á Madrid.

—De manera—dijo mi padre al despedirnos aquel día,—que usted avisará desde Madrid cuándo ha de ir Pedro á tomar posesión del destino.

—Nada de eso—respondió don Augusto.—Lo más acertado es que Pedro vaya á Madrid tan pronto como yo esté allá. Su presencia será para mí el mejor aguijón en medio del cúmulo de negocios que me rodea en cuanto pongo los pies en aquel infierno de ocupaciones.

Y en ello quedamos.

VII

Hubo algunos días después un solemne consejo de familia, convocado por mi padre, al cual consejo asistieron mis tres hermanas con los correspondientes maridos. El punto sometido á examen en aquella patriarcal asamblea, abarcaba dos extremos principales: 1.º Ventajas y desventajas de que saliera yo á correr las aventuras por esos mundos de Dios. 2.º Recursos indispensables y modo de adquirirlos para mi equipo, viaje y fondo de reserva, por lo que pudiera acontecer. El primer extremo, ya ventilado y resuelto en lo más substancial, dió poco que hacer y menos que discurrir al consejo; pero, en cambio, el segundo á pique nos puso á todos de que acabara aquello como el rosario de la aurora. Pedir dinero al jándalo y al arbitrista, era sacarles una tira de pellejo; así es que, lejos de ofrecérmelo, me echaron en cara la sopa boba que estaba dándome mi padre, con perjuicio grande de los intereses de sus hijas. Indignóme la grosería, terció el procurador en el lance mientras mi padre se contenía á duras penas en obsequio á la necesidad; y como la del dinero que solicitábamos era imperiosísima, aviniéronse á darme hasta tres mil reales mis dos avarientos cuñados, merced á un compromiso que les firmé de pagarlos en el día de mañana con mi legítima, si antes no lo adquiría por otra parte.

Ofrecióse el procurador á darme graciosamente hasta dos mil reales; y con éstos y los otros, más lo que aprontó mi padre, y un viaje que hice con la procuradora á la villa, antes de acabarse septiembre, me hallé con un equipo como jamás le soñé, y un billete de interior de las diligencias Peninsulares, para la que debía pasar por la villa, desde Santander, el día 5 de octubre.