Entre tanto, los huéspedes de la casona iban disponiendo su marcha; la cual emprendieron, acompañándolos el cura, mi padre y yo hasta la villa, nosotros á caballo y ellos en carro del país, ocho días antes del en que había de salir yo de la Montaña.

De ella iban muy contentos padre é hija; y en verdad que con muchísima razón, porque si alguna vez los aires han hecho milagros, fué aquélla en la enfermiza, pálida y angulosa Clara. ¡Qué otra volvía de la que había venido dos meses antes á mi lugar! Don Augusto no se cansaba de mirarla y de decirnos:

—Vean ustedes, vean ustedes, y enorgullézcanse de ser hijos de tan benéfico país. ¡Cómo la apuntan los colores, y se nutre y redondea!... ¿eh?... Pero si ha dado en comer como un sabañón; ¡ella que comía menos que una calandria cuando vino de Madrid! ¡Los aires, amigos, los aires... y el ejercicio; y, sobre todo, la libertad... y las aguas!... ¡Prodigioso, prodigioso!... Otro veranito aquí, y revientas el corsé, hija mía... ¡jajajá!... Te aseguro que no te va á conocer tu madre.

Y en esto, y mientras se reía á carcajadas, el Excmo. señor daba golpecitos en la espalda de Clara, cuya sonrisa había ganado bien poco con las ganancias evidentes del rostro en que brillaba, sin duda porque los achaques del espíritu piden otra terapéutica que los del cuerpo.

Poco ó nada nos dijo la joven en todo el camino; y verdaderamente parecía ser ella, á juzgarla por su continente, la que menos importancia daba á lo que había ganado durante el verano en encantos y salud.

Cerca de la villa ya, nos salió al encuentro el señor de Calderetas, en cuya casa habían de pernoctar los madrileños para tomar la diligencia al otro día muy temprano; y media hora después, á las puertas de la morada de aquel personaje, despedímonos todos muy afectuosos, y volvímonos á mi lugar el señor cura, mi padre y yo, haciéndonos lenguas del señor de Valenzuela, sin haber logrado averiguar todavía qué pito tocaba en la cosa pública este caballero; pero sin asomo de duda de que bajo su amparo había de lograr yo, en menos de tres tirones, encaramarme sobre los mismos cuernos de la luna.

¡Qué días los ocho que siguieron á éste! ¡Cuánta ansiedad! ¡Qué insomnios! ¡Qué incesante tensión la de mi espíritu! Veinticinco años, los primeros de mi vida, corridos en el apartamiento, en el sosiego, en la obscuridad, sin deseos, sin ambiciones, al dulce calor del hogar paterno; avezado á abarcar con la mirada, desde la solana de mi casa, todo el escenario en que había de desenvolverse la insulsa comedia de mi vida, por larga que ella hubiera sido... De pronto, el mundo entero ante mis ojos; el mundo, con sus estruendos, sus confusiones, sus azares, sus halagos, sus inclemencias, sus risas, sus dolores, sus grandezas, sus miserias... Póngase cualquiera en mi lugar, y dígame si el trance no era para andar caviloso, inapetente y desvelado, como andaba yo... Pero mucho más desvelado, inapetente y caviloso andaba mi padre, aunque hacía heroicos esfuerzos para ocultármelo.

Acabóse septiembre, comenzó octubre, y llegó la hora tremenda. Era ésta la del amanecer. El bien provisto baúl de mi equipaje estaba en la villa desde la tarde anterior; el viejo cuartago me esperaba en el corral con todos los arreos encima, la cabeza gacha, el belfo lacio, las riendas sobre la enmarañada crin, y á su lado el mozo que había de servirme de espolique.

Acercóseme mi padre, que no había dormido en toda la noche; y, sin decirme una palabra, deslizó en mi diestra dos roñosas onzas de oro, que quizá eran las economías de toda su vida. Pasaba de dos mil quinientos reales lo que yo tenía ya en el bolsillo, y me pareció una escandalosa y hasta inhumana gollería recibir aquella nueva suma que tanta falta podía hacer á mi padre á la hora menos pensada.

—Para ti las tenía guardadas: tuyas habían de ser de todos modos—me dijo para vencer mis reiteradas resistencias.—Vas á un mundo desconocido; pueden fallar los cálculos que hemos hecho; puedes enfermar, ¡quién sabe?... y ¡qué sería de ti, desconocido y sin dinero?