En seguida nos abrazamos descoloridos, convulsos, como si nos despidiéramos para la eternidad; y bajé al corral precipitadamente, huyendo de los pensamientos que me asaltaban, á la vista del honrado y amoroso anciano, que se quedaba solo y triste, cuando más necesitaba el amparo y el calor de la familia.
Salí del pueblo sin atreverme á volver los ojos hacia él. ¡Nunca me parecieron más hermosas sus campiñas, ni sus aires más fragantes, ni sus celajes más pintorescos!... Envidiaba al pobre campesino y á la mansa bestia que conducía á la sierra, y al árbol solitario, destinados á morir sobre el mismo terruño que los nutría. Refrenaba con ímpetu al achacoso bruto en que cabalgaba yo, pareciéndome que era la rapidez del viento su derrengado trote... y, en fin, hasta le pedía á Dios que me enviara de pronto aunque no fuera más que un dolor de tripas para tener un pretexto racional de volverme á casa y no salir jamás de mi pueblo. ¡Tanto me abrumaba el recuerdo de mi padre y me consumía el fuego del amor á la tierra nativa, en el instante de abandonarla, quizá para siempre, después de haber pasado lo mejor de la juventud soñando vivir y morir en ella!
Pero llevaba yo tres mil reales mal contados en el bolsillo, para mis necesidades y recreos, cantidad fabulosa en un mozo de mis condiciones; un baúl atestado de ropa nueva, fina y á la moda; ancho mundo por delante y libertad omnímoda para gozarla; la protección de un personaje de gran cuantía; veinticinco años apenas, y una salud de bronce; con las cuales ventajas no es obra del otro jueves descargar el corazón de penas y melancolías.
Muy llevaderas eran ya las que sobre el mío pesaban, tan pronto como traspuse la primera cumbre; y con ingenuidad declaro que al llegar á la villa podían más las risueñas imaginaciones que habían vuelto á bullir en mi cabeza, que el sentimiento de abandonar los patrios lares, y los recelos temerosos á lo desconocido.
Recogí el baúl donde se hallaba depositado desde la víspera, convidé y gratifiqué rumbosamente al espolique, y hasta le di un abrazo de despedida para que se le transmitiera á mi padre, cuyo recuerdo volvió á conmoverme, y quedéme solo, cerca del camino real, esperando la diligencia que debía llegar de un momento á otro.
VIII
Cuando la tuve delante, arrastrada por diez ó doce briosas mulas, con su postillón en la izquierda de las dos primeras, entendí que era una casa ambulante con gentes asomadas á sus balcones, incluso el de la buhardilla, que tal me pareció el altísimo cupé. Mostré mi billete al mayoral; subieron mi baúl con el auxilio de una escalera de pinos al desván de la casa, alzando por un costado el tejadillo de cuero, y embutiéronme á mí en el departamento central, técnicamente interior, en el que había ya cinco personas, las cuales me recibieron como debía recibir el atormentado la cuña destinada á apretar la prensa de sus huesos. Cedióseme una esquina que me pertenecía de las cuatro del local, como lo rezaba el billete; acomodéme del mejor modo posible en la parte de cojín que me correspondía en aquel banco, y por entonces no me pareció muy duro que digamos, ni tampoco me lo parecieron las paredes del coche, revestidas, como el almohadón, de bayeta encarnada, con un poco de mullida, Dios sabe de qué.
En esto se oyeron hacia el pescante cuatro gritos, diez interjecciones de cuadra, el restallar del látigo y mucho cascabeleo; viniéronse los tres que iban de espaldas á las mulas sobre los otros tres que las llevábamos de frente, como si un huracán los empujara, y comenzó á rodar el coche camino de Madrid, con un ruido de cristales, de muelles envejecidos y de portezuelas mal ajustadas, que verdaderamente ensordecía y atolondraba.