Poco á poco me acostumbré á él, y hasta fuimos, á fuerza de sacudidas y cerneduras, entrando en caja los seis pasajeros que poco antes íbamos casi en vilo de puro apretados; y con este relativo bienestar, pude enterarme de las cataduras que me acompañaban en aquel departamento de la diligencia. El pasajero de mi derecha era un medio señor gordo y poroso, tipo de lo que era, como andando las horas se supo allí: traficante en caldos; bufaba muy á menudo, y chupaba de vez en cuando una punta de cigarro puro de infame calidad, que llevaba ordinariamente entre el índice y pulgar de su mano izquierda, apoyada ésta ligeramente sobre el muslo del mismo lado. Además de bufar se bamboleaba mucho, y cada vez que se me venía encima parecía un brasero por el calor que despedía. Ocupaba más de asiento y medio; y no nos reventó á los dos colaterales, porque el que le seguía por la derecha era un estudiantillo enclenque que cabía sin apreturas en la media plaza, no cabal, que le quedaba libre. Enfrente de mí iba una joven poco notable á primera vista, por la misma corrección y armonía de sus facciones y contornos: verdaderamente no había una tacha que poner en ella. Vestía con mucha modestia, y bajaba los ojos, negros y dulces, en cuanto yo fijaba la vista en ellos. Cambiaba á menudo algunas palabras y sonrisas con una mujer, ya cincuentona, pequeñita y fea, que iba á su izquierda, inmóvil, casi rígida; pero curioseándolo todo sin cesar, dentro y fuera del coche, con sus ojillos de rámila. Por último, ocupaba el cuarto rincón un hombrecillo inquieto, limpio y muy impresionable, enjuto y moreno de faz, de crespo y entrecano bigote, cadena de similor y gorro de terciopelo. Este personaje llamativo y simpático, era, según luego supe, padre de la joven; y la mujer pequeñita, su ama de llaves y servidora única desde muchos años atrás.

Como no podía estarse callado, y el estudiante dormitaba, y el caldista solamente le respondía por monosílabos... cuando le respondía, y lo de casa no le llenaba mayormente, encaróse conmigo; y en un dos por tres supo quién era yo, de dónde venía y adónde iba; y cuando nada de esto le quedó por saber, comenzó á hablarme de las mieses entre las cuales corría la diligencia; del maíz, de las calabazas, del fresco y aterciopelado retoño, del rústico caserío, del ganado vacuno... en fin, de cuanto veía; y él se lo hablaba y se lo aplaudía; y tan pronto entonaba himnos de admiración á la belleza de la Montaña, como tristes lamentos al escaso valer de sus productos en relación con el penoso trabajo que exigían al labrador. Empeñábase mucho en interesar con sus observaciones á todos los viajeros que le acompañábamos, y por eso su vista saltaba rápida y bullidora de semblante en semblante. Siguiéndola yo en sus vertiginosas exploraciones con infantil curiosidad, más de dos veces se encontraron tope á tope mis ojos con los de la joven, que me pagaba con una sonrisa cada gesto con que yo demostraba mi aquiescencia á los pareceres de su padre. El cual hablaba tanto como con la lengua, con las manos, con los ojos, con las piernas, y hasta con el gorro de terciopelo. No he visto jamás hombre que más dueño fuera de todos los músculos de su cuerpo, ni que mejor supiera armonizar el menor de sus movimientos con las inflexiones de su voz. Lo del gorro, especialmente, me tenía cautivo. ¡Con qué facilidad le bamboleaba sobre su cabeza sin tocarle con las manos! ¡Cómo le echaba sobre la frente en cuanto apuntaba una sospecha maliciosa, ó le arrojaba hacia el cogote al confundirnos con una conclusión irrefutable, ó le derribaba sobre una oreja mientras exponía un antecedente ó soltaba un chiste!... Porque era también chistoso el hombrecillo aquél, y agudo hasta no poder más; sobre todo, pintoresco y entretenido.

Se fué estrechando el valle poco á poco, hasta que nos vimos en las angosturas de las Hoces de Bárcena, cuyo paso duró hasta media tarde. Llegamos á Reinosa, y allí nos apeamos para comer en un parador, del cual salimos casi de noche y tiritando de frío; por lo que, bien comidos y al calorcillo consolador que producíamos los seis viajeros apretados en el interior de la diligencia, á pesar de la incesante charla del hombre del gorro, no tardamos en arrimar la cabeza á las paredes del coche y en dormirnos profundamente.

Cuando me despertó el sol del nuevo día, estábamos rodando sobre las llanuras de Castilla la Vieja. Nunca olvidaré la aflictiva impresión que me produjo en el ánimo la contemplación de aquel paisaje negro y esponjoso, como rimero de escorias: ni un sér viviente, ni un sonido, ni un árbol, ni un pájaro, ni un arroyo en cuanto alcanzaba la vista. Cediendo á un impulso de mi corazón, tendí la mía sacando el busto por la ventanilla, hacia lo que quedaba atrás; y allá lejos, muy lejos, formando la barrera del horizonte, columbré una cordillera de montes plomizos que parecían nubes, y una faja de nubes que parecían montes. Entre dos picachos muy altos observé una mancha tenue y azulada, recortada en línea horizontal por el cielo; y al fijarme en ella, á punto estuve de lanzar un grito desde lo más hondo de mi pecho. La fuerza del deseo, el amor á la tierra nativa, el profundo aunque acallado dolor de abandonarla, me hicieron ver en aquel instante los perfiles de sus montañas, y el mar cuyos estruendos habían arrullado los mejores sueños de mi vida. Contemplé con los ojos de la imaginación la apacible y pintoresca aldea, y en ella el hogar querido, y en el hogar á mi padre triste y errabundo y solo. Pronto me convencí de que todo ello era una alucinación de mis sentidos; la nostalgia de la patria se apoderó nuevamente de mí, y á pique estuve de que publicaran mis ojos la negra pesadumbre que me abrumaba el ánimo. Quizás no comprendieran bien este exceso de sentimiento todos los lectores y le achacaran muchos de ellos á un vicio de mi educación patriarcal, cuando no tomaran mis palabras por un pueril alarde romántico. Algo puede haber de lo primero; lo segundo no tendría disculpa hoy en mi pluma. De cualquier manera, no serían montañeses los que se asombraran de lo que refiero; porque un montañés de pura raza es capaz de todo, menos de contemplar sin pesadumbre un suelo tapizado de secos rastrojos, sin árboles que le asombren, sin arroyos que le refresquen, sin verdes colinas que le limiten y sin pájaros que le alegren.

De esto hablé un poquillo con mi linda compañera de viaje, no tanto por desahogar mi corazón, cuanto por dar á mis ojos, cansados de la aridez del paisaje que me rodeaba, el regalo de su belleza.

De tarde en tarde hallábamos un pueblo derramado sobre la llanura, como las fichas en un tablero de damas, sin una mata, ni un ribazo, ni un muro, ni una huerta, ni una desigualdad que rompiera antes, al fin ó alrededor de él, la triste monotonía de su forma escueta y de su color negro terroso, como el suelo que le sustentaba, y los pocos seres humanos que perezosamente discurrían entre sus moradas, y el rebaño de ovejas que herbajeaba en la era, y el cabizbajo, taciturno y embrutecido pastor que cuidaba de ellas.

En uno de estos pueblos, después de habernos desayunado en Palencia con los famosos bollos del parador de Pampín, nos detuvimos á comer, á las dos de la tarde. Entramos en el parador por la cuadra, con las mulas del tiro que se remudaba allí, y pasamos á un comedor de adobes, como todo el edificio, donde nos sirvieron en larga mesa, regularmente limpia, tras de los clásicos garbanzos, pollos y palominos en varios condimentos, queso ovejuno, dulce de membrillo y una infusión de salvia que allí denominan . ¡Con qué minuciosa exactitud recuerdo todas estas cosas al cabo de tantos años, y con qué placer las revuelvo en la memoria! Bien sabe Dios el trabajo que me cuesta cerrar la válvula para que no salten sobre el papel otras infinitas de la misma casta; y con qué recelos apunto las pocas que se me escapan en el relato, temiéndome que ni aun por su interés histórico y arqueológico las aceptarían de buen grado, si llegaran á verlas, los jóvenes que hoy van en diez y ocho horas de Santander á Madrid, en cómodos vagones de ferrocarril, y tienen la fortuna de no haber rodado nunca en diligencia sobre aquel interminable camino, verdadero río de polvo zurcido en un mar de paño pardo.

Que, entre tanto, el señor del gorro no cerraba boca, no necesito decirlo; pero he de declarar que, aunque continuaba entreteniéndome mucho su expresiva y pintoresca conversación, me entretenía mucho más la de su hija, que para entonces me había perdido el miedo y hablaba conmigo á ratos sin cortedad alguna. Me encantaba por ingenua, por sencilla... y por todas y cada una de las cualidades y prendas que iba descubriendo en ella. Era la más acabada antítesis de Clara; y no sé si esta observación que se me impuso súbitamente, influyó algo en el juicio que de ella formé entonces. Si esto no, el ser la segunda mujer de aquel pelaje que yo había tratado en mi vida, y la intimidad que se establece entre los compañeros de un largo y nada cómodo viaje, bien pudieron ser parte á que mi imaginación la viera sobre más alto pedestal que el que en buena justicia le pertenecía.

Por ella supe que su padre era un empleado del Gobierno, declarado cesante en Santander cuatro meses antes. Iban á Madrid, donde ella había nacido, porque su padre había logrado un empleíllo particular allí, al amparo del cual pensaba vivir mientras trabajaba para que le repusiera el Gobierno en su destino. El cesante se llamaba don Serafín Balduque; su hija, Carmen, y la mujercilla fea, criada antiquísima de la familia y casi aya de la joven, como ya queda dicho, Quica.

En otro poblachón como el en que habíamos comido, cenamos á deshora de la noche los mismos pollos, los mismos palominos, el propio queso con membrillo en dulce, y la mismísima salvia por remate... Y vuelta á dormir y á rodar en llano, hasta que amaneció el nuevo día entre polvo del camino real y campos de desolación. Sobre ellos, como sobre los que iban quedando atrás, descollaban acá y allá muy de tarde en tarde, tal cual tumor, plomizo y rapado, encima de alguno de los cuales se erguía un castillete coronado de unos barrotes, entre los que subía y bajaba una cosa negra, á modo de caldero. Eran los telégrafos ópticos, que, lejos de alegrar el paisaje, le entristecían todavía más; pues á la contemplación del insulso detalle iba unida la consideración de que dentro de aquella jaula de sólidas paredes, había seres humanos incomunicados con el resto del mundo; y para mayor burla de la desgracia, ellos, los encargados de conducir maquinalmente la palabra de los demás á través de la tierra, estaban condenados á no hablar con nadie, fuera de lo que hablaran entre sí.