No sé por qué comparaba yo aquellos destellos de luz, relativamente al sitio en que brillaban, con la mocosa candileja que se deja ver en el fondo negro de un vasto subterráneo.
Nos explicó don Serafín cuanto se le alcanzaba del modo de funcionar de aquellos aparatos; y llegando á decirnos la miserable retribución con que pagaba el Gobierno el suplicio moral de los empleados que los manejaban, puso á todos los gobiernos españoles como no digan dueñas; y una vez enzarzado con ellos por aquel motivo, despellejólos vivos por todos los imaginables, y especialmente por los que á él le atañían.
Entonces nos refirió su historia con todos sus pormenores el bueno de don Serafín Balduque, historia que me puso á mí los pelos de punta, y no era para menos.
Según su relato, el tal don Serafín había comenzado á servir al Estado, bajo la protección de un personaje influyente, á la edad de diez y siete años y con cuatro mil reales de gratificación. Desde entonces hasta la fecha en que nos lo decía, cuarenta y siete años justos, con una hoja de servicios limpia como una patena, había sido cesante veintitrés veces, que representan veintitrés larguísimas temporadas de angustiosas privaciones, y otras tantas batallas rudísimas para conseguir la reposición. Como la necesidad le obligaba á aceptar lo que le ofrecían, cada vez que le empleaban, vuelta á tejer el pobre hombre casi de nuevo la destejida tela de su oficio en otro ramo diferente de la Administración del Estado. Así saltaron sobre él todos sus contemporáneos, y jamás pudo llegar á la categoría que le pertenecía de derecho, para jubilarse con un sueldecillo mediocre, y descansar de una vez. Había sido empleado en casi todas las poblaciones de España en que hay oficinas del Estado, y pasaban de tres las ocasiones en que al ir á tomar posesión de su nuevo destino, atravesando para ello toda la península, antes de presentar sus credenciales al fin de la jornada, ya era cesante otra vez.
—Es cosa sabida—concluyó,—y hasta proverbial entre las gentes del oficio: ¿hay que hacer un hueco para colocar á un intruso recién llegado? Pues Serafín Balduque cesante. ¿Ambiciona alguien el puesto mío en una capital determinada? Al día siguiente ya está Serafín Balduque trasladado á los quintos infiernos. ¿Se habla de crisis? Balduque al agua. ¿Se arma un tiberio político en cualquiera parte del mundo? Don Serafín sin empleo.
—Eso ya es mucho exagerar,—apuntó aquí el caldista con voz de sochantre.
—¡Exagerar!—exclamó don Serafín mirándole con ojos de lástima, después de haber echado con un rápido movimiento de cabeza el gorro sobre el entrecejo.—Y ¿por qué?
—Porque no tiene nada que ver el destino que usted desempeña con lo que suceda por esos mundos.
—¿Y cree usted—volvió á preguntar el cesante echando el gorro hacia la oreja derecha,—que tiene algo que ver mi empleo con la venida del rey á Santander?
—Maldita la cosa,—respondió el caldista.