—Pues bueno—continuó don Serafín:—en cuanto supe yo que S. M. venía á inaugurar el ferrocarril, y vi la ciudad en movimiento y la gente alborotada, me di por muerto.
—¡Vaya una aprensión!
—Aprensión, ¿eh?... En mayo estuvo el rey en Santander, ¡bien sabe Dios lo que yo le aclamé, y las visitas que hice al jefe de mi negociado que le acompañaba, y lo puntual y asiduo que estuve siempre y para todo!... pues á mediados de junio ya me habían limpiado el comedero.
—Casualidad.
—Enhorabuena; pero, como la capa del otro, tan llena está mi vida de esas casualidades, que han llegado á ser la ley por que me rijo.
No perdía yo ripio en esta conversación, puesto que el asunto de ella tenía bastante más concomitancia con mis proyectos que las crisis europeas con el destino de don Serafín. Metí mi baza en la porfía, y dije al sempiterno cesante:
—Carecerá usted de valedores.
—¡Calabaza, careceré!—respondióme al punto echando el gorro hacia la nuca.—Los tengo como todo hijo de vecino.
—Pues no lo comprendo.
—Lo que hay es, que así como en fuerza de aburrirlos, no dejándolos á sol ni á sombra, me ayudan algo para colocarme, es decir, para verse libres de mí, después, si te he visto no me acuerdo.