—Corriente—dije yo;—pero esa serie de casualidades que le persiguen á usted, aunque para usted han llegado á ser una ley ineludible, no lo serán para todos los empleados del Gobierno.

—Hombre—replicó don Serafín con nerviosa viveza,—no diré que á cada cuarenta y siete años de servicio correspondan en España, irremisiblemente, mis veintitrés cesantías; pero lo que es veinte, docena y media siquiera, no se las quita á nadie el lucero del alba... salvo, se entiende, los niños mimados de la suerte, que comienzan por donde uno acaba y llegan á la cumbre en un dos por tres. Pues si no fuera así, la carrera de empleado era una canongía para los hombres como yo, de pocas necesidades.

—Gran consuelo es todo eso que usted dice para los aspirantes á esa carrera,—expuse yo aquí con la ingenuidad que puede presumirse.

—Le aseguro á usted, señor don Pedro—me dijo Balduque con toda la solemnidad que cabía en él,—que no tiene vergüenza el hombre que, con salud y mediano entendimiento, se echa hoy en España por ese camino. Cuando vuelvo los ojos atrás y cuento los años que llevo sirviendo al Estado; la burla que sus gobernantes han hecho de mí; los apuros, los ahogos en que estas burlas me han puesto tantas veces; las privaciones á que me he sometido; la fe... hasta el entusiasmo con que he trabajado en los múltiples cargos que se me han cometido; la edad que tengo, lo atrasado que estoy en la carrera; lo que será de esa infeliz (y miraba conmovido á su hija, no muy serena), si Dios me quita la vida á la hora menos pensada, me asombro del buen humor que tengo, de no deber un céntimo á nadie... y de lo honrado que soy... De lo honrado que soy, sí; porque conmigo se ha hecho todo lo posible para que no lo fuera. ¡Cuántas veces mi pobre mujer... (de resultas de un forzado viaje penoso por el puerto de Pajares, en el corazón del invierno, la perdí), cuántas veces me aconsejó que abandonara la carrera, sólo en desdichas fecunda para la familia, por cualquiera de las ocupaciones que, á Dios gracias, he tenido siempre en Madrid durante mis cesantías!... La verdad es que á remendón de portal que me hubiera dedicado cuando tuve el mal acierto de aceptar el primer destino que me ofrecieron, tendría á la presente fecha mejor pelaje del que tengo, y, sobre todo, hogar y reposo... Dicen que reina cierto malestar en el mundo político y que se temen acontecimientos graves... Bien sabe Dios que no soy hombre de matices ni de pasiones de ese género; pero les aseguro á ustedes que, hoy por hoy, me creo capaz de echarme á la calle con el moro Muza, si el moro Muza lo fuera de exterminar á garrotazo seco la pillería que medra con todos los partidos, y manda y dispone y es causa de mis desventuras, y de otras mucho mayores, que también me duelen porque las llora la patria.

¡Pobre don Serafín! ¡Qué lástima me daba de él en estos casos, y cuando, quizá por no tener con qué pagar las comidas y las cenas, le veía yo, mientras los demás pasajeros de todos los departamentos de la diligencia nos regodeábamos con los vulgares, pero abundantes y calientes condumios de la mesa de los paradores, comprar, medio á escondidas, un poco de pan para volver á comerlo en la diligencia, en compañía de Carmen y de Quica, con los míseros fiambres que éstas sacaban cuidadosamente de un saquito de alfombra que llevaban sujeto entre las correas del techo! ¡Á qué tristes consideraciones me arrastraba el ejemplo de aquella desdichada familia, cada vez que pensaba yo con alguna serenidad en los propósitos que me habían sacado de mi lugar!

En una ocasión, y no sé á cuento de qué, cité yo el nombre de don Augusto Valenzuela. Preguntóme don Serafín si le conocía; respondíle muy hueco que tenía la honra de ser gran amigo suyo por haberle tratado mucho aquel verano en mi lugar; díjome si pensaba visitarle en Madrid; contesté que tan pronto como llegara, aunque me guardé mucho de decirle el por qué de la visita; y desde aquel instante don Serafín, Carmen y hasta la misma Quica, no supieron ya dónde ponerme, ni cómo contemplarme; y al oir á don Serafín ponderar el influjo del orondo manchego en la política dominante, y el valor de una amistad como la suya, verdaderamente me acusaba la conciencia de haberme dejado arrastrar con exceso del demonio de la vanidad al hablar de mis intimidades con el personaje; pero sirva como atenuación de mi pecado el cordial propósito que hice de emplear en beneficio de don Serafín, tanto como en el mío propio, cuanta estimación hubiera conquistado yo hasta aquella fecha, y pudiera conquistar en adelante, en el corazón del influyente manchego. No se lo oculté á don Serafín, y esto acabó de darme una importancia colosal á los ojos de aquella apreciable familia, con la cual departía yo á todas horas con la más patriarcal franqueza, especialmente desde que, habiéndose quedado el gordo caldista en Olmedo, y no estorbándonos para nada el imberbe estudiantillo, vivíamos los cinco en el interior de la diligencia como en el propio hogar. Á los demás viajeros sólo los veíamos á las horas de comer. Conocíamonos todos de vista, y nos tratábamos con la cortesía de vecinos de una misma escalera, pero nada más. Y no es de tachar la comparación, pues los mismos puntillos de etiqueta que entre las familias de una misma vecindad, se observaban entre nosotros: quiero decir, que los pasajeros de la berlina nos miraban con cierto desdén á los del interior, al paso que éstos, es decir, nosotros, nos creíamos un tantico más entonados que los de la rotonda, y mucho más que los del cupé.

Y andando andando, es decir, rodando rodando, concluyéronse las llanuras, y comenzó la subida del áspero y largo Guadarrama. Á la bajada de él me dijo don Serafín, echándome una mano sobre el hombro derecho y señalando con la izquierda hacia el horizonte del Sur:

—¡Allí le tiene usted!... La cúpula de San Francisco el Grande, la torre de Santa Cruz, la mole de Palacio...

Miré con ansiedad hacia donde me señalaba el dedo de don Serafín, y, en efecto, vi cuanto el cesante me iba nombrando, alzándose sobre un cerro amarillento y pelado, y recortándose sus perfiles en el azul purísimo de un cielo incomparable.

—Aquello es Madrid—añadió mirando hacia allá asido con las dos manos al marco de la ventanilla, y bamboleando el encorvado cuerpecillo, según lo pedían los tumbos y vaivenes que daba la diligencia en su rápido y estruendoso descenso.—¡Ah! ¡si yo tuviera poder para tanto!... Un recadito secreto á las gentes honradas para que escurrieran el bulto; luego una lluvia espesa de pólvora fina; en seguida otra lluvia de rescoldo... y como en la gloria todos los españoles.