Hízome reir y dióme qué pensar esta ocurrencia, y ya no se habló más que de Madrid en todo lo restante de la jornada. El estudiantillo metió la cuchara en la conversación muchas veces, y aun se me antojó más versado en las cosas de Madrid que en los códigos de Justiniano. Oyóme decir que me gustaría vivir en la corte entre paisanos, y me recomendó cierta posada de estudiantes montañeses, mozos de buen humor, en la calle del Caballero de Gracia. Tomé nota de ello en mi cartera, y tomóla también don Serafín, porque pensaba visitarme á menudo, tanto como se lo permitieran sus ocupaciones en la corte, entre cuyos laberintos y encrucijadas quería servirme de piloto. Dióme en justa correspondencia las señas de la casa donde él iba á parar (Olmo, 42 duplicado, cuarto 4.º interior de la derecha); y en éstas y otras tales, al rayar el mediodía, sin un árbol, ni un sembrado, ni un detalle de los mil que anuncian en toda tierra de cristianos la proximidad á una gran población, llegamos á la puerta de San Vicente, y veinte minutos después, á la calle de Alcalá, parador de las Peninsulares, en cuyo patio nos apeamos entumecidos, polvorientos y desgreñados. Hubo allí, tras el registro de ordenanza, las acostumbradas despedidas entre los viajeros de cada departamento: me dolió de veras la que hice de la hermosa Carmen, en cuyos ojos leí un vivísimo deseo de que volviéramos á vernos pronto; prometíselo con otra mirada no menos elocuente, mientras estrechaba en mi diestra la suya blanquísima, suave y menuda; y encomendando mi baúl á las espaldas de un forzudo mozo de cordel, seguíle á la posada, cuyas señas le di, tropezando con el espeso oleaje de transeuntes de la calle de la Montera, ensordecido con el estruendo que producía el rodar de los coches y el hablar de tantas gentes, y deslumbrado y borracho por la novedad del sitio, del movimiento y de los colores; extraño mar en que yo me zambullía de repente, desde el fondo de un cajón con ruedas, venido de las agrestes soledades de mi lugar atravesando interminables arideces, tristes como las estepas de Rusia.
IX
Hallé cuarto en la posada aquélla, aunque obscuro y angosto; y por él y la comida, ajustéme en siete reales diarios. Por de pronto me sirvieron un tente en pie; á las tres de la tarde, después de escribir á mi padre, me metí en la cama, y del primer tirón dormí hasta las ocho de la mañana siguiente. Tal necesidad tenía yo de dar descanso y mullida á mis huesos machacados.
Á las diez me llamó la patrona para almorzar; y la misma mujer, ajamonada y no fea ni sucia, me condujo al comedor á través de un tortuoso, nada claro y estrecho pasadizo. Estaba la mesa preparada para ocho personas, en una estancia reducidísima, con luces á un patio.
—Siéntese usted—me dijo,—que en seguida vendrán los demás; todos chicos cariñosos y paisanos de usted.
Sentéme en la silla indicada por la patrona, y marchóse ésta. Momentos después comenzaron á llegar «los demás». ¡Sorpresa jamás olvidada por mí! Primeramente llegó un joven repolludo, blancote y de afeminadas facciones, en calzoncillos de punto, con botas de charol de altas cañas de tafilete encarnado; una levitilla corta puesta del revés; una tohalla por corbata, y gorrita de jockey: cabalgaba sobre el lomo de una silla de paja, y con ella entre piernas caracoleaba y daba brincos y hasta botes de carnero; castigábala á menudo con un latiguillo, y no sin grandes fatigas consiguió arrimar á la mesa la contrahecha cabalgadura. Apeóse de ella, enderezóla, me saludó muy fino, volvióse junto á la puerta, y allí se cuadró. Apareció en seguida en el hueco de ella un mozo moreno, de rizada melena negra, altísimo sombrero de copa, tirillas de papel, á la inglesa, corbata blanca, ceñido frac azul con botones dorados, pantalón negro, tan raído y maltrecho como el frac, guantes blancos de algodón y zapatillas de badana. Andaba este personaje á paso trágico, y miraba con altivo gesto. Inclinóse el lacayo delante de él; y después de recibir de sus manos el sombrero y los guantes, preparóle una silla junto á la mesa. Sentóse el caballero grave y solemne; saludóme también muy fino, y se acomodó á su lado el fingido jockey después de arrojar debajo de la mesa los guantes y el sombrero de su señor. Tras éste llegó un mozo de negra barba, tipo árabe, con un viejo albornoz sobre los hombros, boina blanca en la cabeza, un diccionario de la Lengua debajo del brazo y una guitarra en la mano; al cual mozo acompañaba un cuarto personaje, asaz largo y macilento, despechugado, mal ceñido de calzones y peor trajeado de cintura arriba; pero muy armado de espadín de veras al costado, y con un sombrero de tres picos, de lo más superior y neto, sobre la cabeza. Casi al mismo tiempo que estos dos comensales, vinieron otros tres: el uno rehecho, musculoso, chispeante de mirada, muy crespo de bigote, envueltos el cuello y las quijadas en una bufanda de veinticinco colores, y sobre el occipucio una montera asturiana; el otro cubría el suyo con un raído bonete de doctor, cuya amarilla borla, grasienta y deshilada, parecía un ataque de ictericia mortal: no recuerdo al pormenor lo demás de su vestido, aunque puedo jurar que todo ello no valía tres pesetas. Acaso no valiera tanto lo que llevaba encima el último estudiante que entró en el comedor, y cuya especialidad digna de mención era el ir tocado con una papalina.
Con estos tres huéspedes se llenó la mesa, y yo me vi entre todos ellos dudando si soñaba ó si era lo que delante tenía un anticipado carnaval... ó una burla que querían dedicar á mi rustiquez de lugareño aquellos endiablados montañeses. Esta sospecha me desconcertó un poquillo, por ser cosa muy distinta lo que yo me prometía al acomodarme en aquella posada, y no contar con paciencia bastante para tomar á risa zumbas de tal calibre y tan inmerecidas. Afortunadamente me convencí muy pronto de que las sospechas me engañaban, pues una vez arrimados á la mesa los estudiantes, mostráronse conmigo atentos conterráneos y corteses camaradas, sin ajustar, para maldita de Dios la cosa, su comportamiento al tono de sus raros disfraces, antes bien, olvidados de ellos como si ya no los llevaran encima, ó el llevarlos así fuera la cosa más natural del mundo; incongruencia que daba al cuadro el aire más cómico y pintoresco que puede imaginarse. En adelante observé que ni un solo día se sentaron á almorzar aquéllos mis compañeros de posada vestidos como Dios manda, y por eso cito el hecho; que de haber ocurrido una vez sola con aire de calaverada, no tendría gracia maldita.
Noté que las prendas más codiciadas de todos eran el espadín y el sombrero de tres picos, piezas correspondientes al uniforme que usaban entonces los alumnos de la Escuela de Ingenieros civiles, á la cual pertenecía el mozo de la bufanda pintoresca y de la montera asturiana, que jamás en casa quitaba de su cabeza. Algo más incomprensible era la tenaz afición del taciturno del albornoz y la cara moruna al diccionario de la Lengua y á la guitarra. No conocía dentro de casa otros entretenimientos que puntear la una y hojear el otro. Qué conexión misteriosa podía haber entre ambos instrumentos, nunca lo supimos, ni nos lo quiso decir entonces el aficionado á ellos, ni muchos años después me lo ha podido explicar, ni se explicará en los siglos de los siglos. Pero es un hecho que no negarán el interesado ni los testigos de él que aún viven y pueden dar fe de la exactitud de todos éstos y los otros mis asertos, en la confianza de que no he de sacar á relucir aquí otras menudencias de los mismos tiempos y del propio lugar, por respetos fáciles de presumir.