También este pasaje de mis apuntes es de los que habían de provocar desdeñosa sonrisa en los imberbes escolares al uso; y sin embargo, merece algún respeto como dato curioso para la historia de las costumbres; pues han de saber estos hombres precoces, que aquellos muchachos recalcitrantes no eran menos listos, ni más tontos, ni menos ingeniosos que ellos; pero les daba por las susodichas inocentadas, porque no era costumbre entonces entre los estudiantes fundar periódicos batalladores ni asaltar las cátedras del Ateneo y de las Academias para difundir la luz de la ciencia por todos los ámbitos de la patria; tarea peliaguda, cuyo intento estaba, con mediana suerte, encomendado á unos cuantos hombres con canas y de reconocida autoridad.
Durante el almuerzo, supe de qué pueblo de la Montaña era cada uno de los estudiantes, y supieron ellos de dónde era yo. Recuerdo que el jockey (muerto pocos meses después, de una tisis galopante), su amo (médico de nota hoy) y el larguirucho del espadín (años ha desaparecido del mundo de los mortales), eran de la capital; el árabe de la guitarra y del diccionario, malogrado arquitecto entonces y hoy encanecido entre los azares de los negocios, trasmerano; el de la bufanda pintoresca y la montera asturiana (capaz de improvisar ahora un camino de hierro sobre dos hilos de araña), de Toranzo; el de la papalina, de Torrelavega, y el de la amarilla borla, pasiego.
Diéronme por de pronto minuciosas señas de la calle del Príncipe, porque yo les dije que en ella vivía don Augusto Valenzuela, á quien necesitaba visitar; me explicaron cómo podría yo, recién llegado á Madrid, con algún dinero en el bolsillo, pasarlo regularmente entretenido, de día brujuleando por las calles, de noche con ellos, á primera hora en el café de La Esmeralda, en la calle de la Montera, y más tarde en Capellanes ó en el paraíso del Teatro Real, etc., etc.; y para matar las horas sobrantes dentro de la posada, brindáronme con una copiosa colección de novelas, cuyos títulos me cautivaron desde luego. No podían ofrecerme comidilla más de mi agrado: la novela era mi tentación... ¡y cuánta había en aquella casa, donde apenas existía un libro de texto!
Estando de sobremesa todavía, entró en el comedor un joven muy bien vestido, hasta elegante. Saludó breve y expresivamente á todos los comensales á la vez, y se dejó caer en el desvencijado sofá que estaba debajo de las vidrieras por donde pasaba la luz del patio. El tal mozo era pequeñito y flaco, blanco de tez, de mirar sutil y malicioso; barba corta, pero negra y espesa; el cabello ralo, y muy limpio y bien aliñado todo su traje. Recibiéronle muy regocijados mis siete compañeros de mesa, y tuvo para cada uno de ellos algún apóstrofe picaresco y bien adecuado al caso y á la persona. Continuando el tiroteo de frases, no siempre de color de rosa, acertó alguien á preguntarle por «el poema»; respondió que «así» le tenía aún; rogóle el estudiante del frac azul que les recitara otra vez la introducción, y no hubo necesidad de repetirle el ruego. Con reposado y solemne ademán, sonora voz y magistral acento, comenzó á soltar octavas reales por aquella boca. No he oído jamás cosas más indecentes, ni versos más gallardos, robustos y armoniosos. Quevedo no los hizo mejores. Terminada la introducción del poema, que á mí, pobre é inexperto provinciano, me puso colorado de vergüenza, comenzó el poeta á recitar epigramas de su cosecha contra todo lo existente y otro tanto más, graciosísimos, punzantes é ingeniosos. Yo estaba asombrado. Estrujando el chirumen en mi aldea y royéndome hasta las puntas de los dedos, había logrado escribir media resmilla de ternezas quejumbrosas, insulsas y descoloridas, ¡y aquel mozo tenía en la cabeza una fábrica de versos y otra de malicias y donaires!
El empecatado poeta era extremeño: se llamaba Mata; llamábanle Matica, y estudiaba medicina en el colegio de San Carlos, es decir, debía estudiarla, porque llevaba nueve años matriculándose en la facultad, y aún no había llegado á la mitad de la carrera. Conocía á todo Madrid, y tuteaba á la cuarta parte de él. Era mozo de verdadera chispa, pero sin señales de juicio, y muy capaz de poner en solfa la misma Summa Theológica. Había acometido muchas obras serias; recitaba comienzos magníficos, estrofas incomparables de composiciones épicas y místicas, trozos en los cuales parecía emular la entonación robusta de Herrera y la dulzura y suavidad de Fray Luis de León; pero de allí no pasaba jamás: destellos, chispazos de un fuego cubierto de frías y sucias cenizas: lo vulgar, lo grotesco, lo brutalmente carnal le solicitaba; desvanecíale la altura, el águila perdía sus bríos, y descendía rápida á manchar sus alas en los lodazales de la tierra. Frecuentaba las redacciones de los principales periódicos de Madrid, y en todas ellas se hubieran recibido con palmas las flores de su ingenio, si éste hubiera sido capaz de amoldarse á las condiciones sanitarias, digámoslo así, en que vivían los suscriptores y la ley de imprenta; se le tentó con halagos de todas especies, hasta con pingües sueldos... todo inútil: aquel pájaro no sabía cantar dentro de la jaula, ni podía sujetar los raudales de sus armonías á ninguna ley; necesitaba la libertad del monte para dar al viento toda la rica variedad de los registros de su numen, y así cantaba, como un salvaje.
Es muy de notar que en su trato ordinario era culto, y revelaba sus instintos de artista de raza hasta en las cosas más nimias; su conversación era siempre amena, su imaginación fecundísima; su habilidad para trazar en cuatro rasgos la biografía de un personaje de los infinitos que él conocía en la política, en las artes y en las ciencias, tremenda; sacaban sangre sus trazos, y levantaba ampollas su colorido. Oyéndole pocas veces, se le creía capaz de las más altas empresas; frecuentando su trato, se caía bien pronto en la cuenta de que tenía dos enemigos invencibles: la sujeción y el método. Era un vagabundo incurable que derrochaba su ingenio á borbotones en las mesas de los cafés y entre estudiantes desenfadados. Estaba bien por su casa, y de eso vivía holgadamente en Madrid, pues no era vicioso ni gastador. Había sido condiscípulo de algunos de mis compañeros de posada, y por eso la visitaba de vez en cuando.
Todo esto me contaron de él, en seguida que se marchó, los que creían conocerle más á fondo. No tardé mucho en persuadirme de que el retrato moral, aunque parecido, no era exacto. Matica valía mucho más.
Deshecha la tertulia de sobremesa, vestíme con lo mejor del baúl, y lancéme á la calle, buscando, medio á tientas, la del Príncipe, donde vivía el Excmo. señor don Augusto Valenzuela, causa tentadora de mi presencia en Madrid, y faro, luz y guía de todas mis esperanzas.