—¿Va usted á estar muchos días en Madrid?

No podían darse unas palabras más opuestas á las que, en mi concepto, debían salir de los labios de Clara, puesto que la tal pregunta revelaba un completo olvido del asunto que me llevaba á Madrid y á aquella casa. Prodújome este desencanto cierta irritación de espíritu, y respondí al punto:

—Eso dependerá de lo que disponga el señor don Augusto.

Un fortísimo riiiisch, terminado en seco, me hizo volver los ojos hacia Pilita, y observé que no sólo fruncía los suyos para mirarme, sino también las cejas, como si, al oirme, la moviera la curiosidad tanto como el desdén. No replicándome Clara una palabra, pensaba yo explicar mi respuesta, y de este modo encarrilar á mi gusto la conversación, cuando se presentó á la puerta del gabinete el sempiterno criado, y dijo con voz solemne, mientras hacía media reverencia:

—El coche.

Estas palabras, dos charrasqueos muy briosos del abanico de Pilita, una mirada harto dura de Clara, y el arrojar Manolo su libraco sobre un velador, me dieron á entender en el acto que yo estaba allí de sobra. Levantéme, y de muy buena gana, puesto que la casualidad deparaba á mi visita un término menos ridículo que el que yo estaba temiéndome; mas no quise despedirme sin preguntar dónde y á qué hora podía yo ver al señor don Augusto.

—En el ministerio toda la tarde,—me respondió Clara.

—¿Está usted segura—volví á preguntar, escarmentado con lo que acababa de pasarme allí,—de que me recibirá en su despacho, ó me dejarán llegar á él?

—¿Y por qué no?—me preguntó á su vez Clara con ceño adusto.

—Por sus muchas ocupaciones, verbigracia,—respondí tratando de enmendar el efecto de la sequedad de mi reparo.