Entonces Clara, abriendo las portezuelas de un mueble adornado de ricos embutidos, que estaba cerca de mí arrimado á la pared, sacó una tarjeta con su nombre, y me la dió después de escribir algunas palabras en ella con lápiz.
—Haga usted que le entreguen ésta,—me dijo al dármela.
Agradecí el obsequio, y me despedí con toda la finura y elegancia de que me juzgué capaz.
Ya en la calle, por demás se entiende que no pensé en otra cosa sino en analizar por átomos el quid de la visita que acababa de hacer. ¿Debía yo tomarlo en cuenta para calcular el éxito de mis planes? Verdaderamente que lo acontecido en casa del Excmo. señor de Valenzuela no se parecía en nada á lo que yo esperaba de la cuasi intimidad que en mi pueblo me unía al encopetado personaje, y aun á su hija, ni guardaba la más mínima relación con las espontáneas y reiteradas ofertas de amparo, hechas por el aparatoso manchego; pero ¿qué mayor afabilidad podía esperar yo del seco y desabrido carácter de Clara? ¿Fué, por ventura, en mi lugar, mucho más expresiva y afectuosa conmigo, cuando faltaba alguna circunstancia externa cuyo peso rompiese el hielo de su naturaleza esquiva? En cuanto á su madre y á su hermano, ¿qué obligación tenían ellos, fatuos é insubstanciales madrileños, de ser corteses y obsequiosos con un ente como yo, que comienza por sudar gotas de angustia en cuanto se ve entre alfombras y tapices, y se ataruga y atraganta con el charrasqueo de un abanico en manos de una vieja presumida? Lo que á mí me importaba era que el señor don Augusto Valenzuela me cumpliera lo ofrecido; y hasta entonces nada había acontecido que á ello se opusiera. Del repolludo manchego, hombre sencillote y locuaz, atento y cariñoso, tenía yo que esperarlo todo; y con él iba á tratar tan pronto como las puertas de su despacho se abrieran con el talismán que guardaba en mi bolsillo.
Discurriendo así y tropezando con todo el mundo, llegué al ministerio, cuyas señas había pedido yo oportunamente. ¡Dios sabe las vueltas que di en el laberinto de sus escaleras, pasadizos y encrucijadas, hasta llegar al departamento de que era jefe el señor de Valenzuela! Pregunté por él á un portero soez que apenas se dignó responderme. Mostréle la tarjeta; y al ver el nombre litografiado en ella, desarrugó un poco el fruncido ceño, la tomó en la mano, y diciéndome que le aguardara allí, fuése; abrió, con el rechinamiento de un mastín que se despierta, una mampara que se veía enfrente, y desapareció á la parte de allá, cerrándose sola también entre gruñidos, y por la virtud de un resorte, la mugrienta y resobada hoja.
Poco después volvió el portero.
—Que venga usted otro día—me dijo,—porque hoy está muy ocupado.
—¿Cuándo?—pregunté con las alas del corazón caídas.
El adusto cancervero se encogió de hombros y me volvió la espalda.