¡Los pudientes de la Montaña!... ¡Pudiente yo!... Este piropo me hizo recordar que por un escrúpulo, hijo á medias de mi vanidad y del triste efecto que me causó la historia de don Serafín, este pobre hombre ignoraba que era yo en la corte tan pretendiente como él, y acaso más desvalido, pues que ni siquiera me recomendaban sus años de servicios y sus grandes desventuras. Oyóme decir que era mi íntimo amigo el Excmo. señor don Augusto Valenzuela; me vió caminando hacia Madrid, bien vestido y guapo mozo, y túvome por algo.

¡Si me hubiera visto una hora antes sudar de congoja en casa del resonante manchego, y lacio y desvaído á la puerta de su despacho, después de darme con ella en las narices!... Parecióme un pecado mortal la falsa idea que había hecho concebir de mi importancia al pobre cesante, y allí mismo le hubiera sacado de su error, si un vago presentimiento que comenzaba á dominarme, no me hiciera reputar por inútil la rectificación. Pero le dije, tratando de hablar en verdad, sin ser la verdad misma:

—Ni soy pudiente, señor don Serafín, ni tengo que hacer en Madrid más que una sola visita, que, por cierto, está ya medio hecha.

—¿La del señor de Valenzuela, acaso?—preguntó el cesante clavando en los míos sus ojos vivarachos.

—La misma—le respondí.—Y digo que está ya medio hecha, porque, aunque he saludado á su familia, no le he visto á él todavía, por estar muy ocupado en su despacho.

—Como siempre—respondió mi acompañante, metiendo ambas manos en los correspondientes bolsillos del pantalón.—Esos señores jamás se desocupan... ¡Pues si tuviera usted que pedirle algo!... ¡Como no le cogiera usted á tenazón, calabaza, ya podía aguardarle sentado!... Lo mejor de mi vida me he pasado yo enamorando porteros y volviendo «mañana» á contemplar la puerta de todos los Valenzuelas habidos hasta ese amigo de usted. Á esas gentes hay que apretarlas por arriba.

—¿Cómo por arriba?

—Quiero decir, con recomendaciones que manden, no que supliquen... Pero esto tiene que ver conmigo, pobre menesteroso, no con usted, que, por su suerte, nada tiene que pedir á estos farsantes...

Con un pretexto cualquiera atajé á don Serafín en estos razonamientos, que me descorazonaban lo que él no podía imaginarse, y manifestéle mi deseo de que consagráramos el resto de la tarde puramente á brujulear por las calles, como él me había dicho, para que empezara yo á conocerlas. Y así lo hicimos durante dos horas, al cabo de las cuales me volví á la posada, acompañándome don Serafín hasta la puerta, donde nos despedimos después de haber convenido en que al día siguiente iría á buscarme para continuar el «brujuleo» y conducirme él á su propia casa.

Á las seis de la tarde, ó más bien de la noche, y tan pronto como llegó el último de mis compañeros de posada, comimos. Encontrábame yo bastante rendido y muy perezoso todavía, y no quise aceptar ninguno de los modos que aquellos buenos paisanos me propusieron de pasar la noche en su compañía. Resuelto á no salir de casa y á acostarme temprano, pedíles una novela, y me dieron á elegir entre más de ciento que me fueron mostrando, llevándome de alcoba en alcoba. Todo Paul de Kock andaba por allí; lo más crudo de Pigault-Lebrun; lo selecto de Dumas y Soulié; El Judío errante, á la sazón objeto de las más terribles anatemas de la censura eclesiástica, y Nuestra Señora de París, prohibido también por el Ordinario.