¡Inexplicables contubernios de juveniles y veleidosas fantasías! Revueltas con aquel fárrago de malas pasiones y de libidinosas profanidades, andaban las Confesiones, de San Agustín, y la Guía de Pecadores, de Fr. Luis de Granada.

Tomé al azar unos cuantos volúmenes de los profanos, y me encerré con ellos en mi alcoba, mal alumbrada por la luz vacilante y perezosa de un velón de tres mecheros, pero con una sola mecha, que la patrona había colocado sobre una mesita de pino, muy arrimada á la pared. Allí, engurruñado en una silla de paja, con la cabeza entre las manos, los codos sobre la mesa y el libro debajo de las narices, devorando páginas y más páginas, engolosinado con las travesuras, no siempre santas, de estudiantes y grisetas, y seducido por los lances, tan inverosímiles como descomunales, de Los tres mosqueteros, me dieron las doce de la noche; y quizá me la hubiera pasado toda en vilo, si las continuas oscilaciones de la llama del velón, que no parecía sino que andaba bregando por no caerse, como cuerpo escaso de vida, no me hubieran advertido que iba á quedarme á obscuras. Aproveché los últimos destellos de la luz, que se moría por momentos, para meterme en la cama; y tan de prisa anduve, que aún me sobró tiempo para ver desde ella las fantásticas sombras que dibujaba en techo y paredes el incesante caer y levantarse de la expirante llama, que al fin se extinguió con un débil chirrido, mientras comenzaban á confundirse en mi cerebro amodorrado las monstruosas sombras que aún conservaba en mis retinas sensibilizadas, y el recuerdo de las pendencias, liviandades, estocadas y travesuras, cuyos relatos acababa de devorar yo sin punto de sosiego.

XII

Era muy entrada la mañana del día siguiente cuando desperté; y bien puedo asegurar que á medida que por una puerta de mi cerebro se largaban las visiones quiméricas engendradas en él durante el sueño por la lectura de las novelas, por otra le invadían las imágenes del mundo real con la necesaria carga de pensamientos ajustados á las impresiones que más honda mella me habían hecho el día anterior. Así fué que, no bien abrí los ojos, ya me sentí verdaderamente poseído, repleto, de la familia Valenzuela con todos sus memorables adherentes, como las alfombras y los cortinajes de la sala; el gesto dengoso y el abanico rechinante de Pilita; la barba lacia, la nuez picuda y los ojos saltones del descortés Manolo; las «ocupaciones» de su padre, y el portero brutal de su oficina.

Este hartazgo súbito me costó un suspiro con largos dejos de honda pesadumbre. Yo no sé qué atractivo pueda tener el momento de despertar para todos los pensamientos tristes; pero lo cierto es que hasta los más remotos acuden á él volando á porfía; y para mayor tortura del que despierta, vestidos con lo peor y más negro de la casa... Pero, en cambio, ¡qué recuerdos tan dulces me asaltaron de la mía paterna, y qué tentadora la vi, para complemento de mi pesadumbre, á través de la bruma de mis tristes pensamientos!

Poco á poco se fué disgregando cada parte del abigarrado montón que me abrumaba el juicio; sentíme fuerte y animoso tan pronto como sacudí la modorra y me vi dueño de toda mi razón; entraron en sus quicios mis ideas, y obra fué de escasísimos minutos el ver barrido de nubes el sonrosado cielo de mis ilusiones.

Pero aun en el supuesto de no encerrar malicia lo acontecido en las dos visitas hechas á la familia Valenzuela, ¿debía yo insistir inmediatamente en la de don Augusto, ó aplazarla para algunos días más allá? Todo tenía sus inconvenientes y sus ventajas; y en apreciar las unas y los otros, sin resolver cosa alguna, se me fué lo mejor de la mañana.

Vestíme, llamáronme para almorzar; y almorzando estaba entre mis paisanos, tan pintorescamente ataviados como el día anterior, cuando llegó don Serafín. Su presencia me recordó el compromiso con él contraído de ir á saludar á su hija aquel mismo día, y esto acabó de decidirme á dejar para otro la visita á mi empingorotado protector. Así como así, ningún remedio podía buscarse tan oportuno y eficaz como la dulce y atractiva belleza de Carmen para templar en mi memoria el molesto recuerdo de las caras de vinagre de la familia Valenzuela.