Y á todo esto, ¿por qué le había caído yo tan en gracia á don Serafín Balduque? ¿Tendríanme él y su hija por algún primogénito ricacho que iba á Madrid á despilfarrar el oro que me sobraba? ¿Serían frecuentes en el mundo, que yo desconocía, las intimidades de escopetazo, como la que parecía unirnos al sempiterno cesante y á mí?

¿No habría en las afectuosas demostraciones de este hombre algún propósito de mala ley... egoísta siquiera?... ¿Y por qué no habían de bastar su carácter campechano, su genial impetuosidad, y mi desembozada y campesina sencillez para crear profundas simpatías entre ambos, durante tres días de viaje, dando tumbos sobre las mismas ruedas, dentro de un mismo cajón, sorbiendo polvo de una misma nube, contemplando las mismas arideces y despertándonos las mismas interjecciones y los propios trallazos del mismísimo mayoral?

Así pensaba yo mientras bajaba las escaleras de mi casa delante de don Serafín, que no cesaba de hablar; y como bastaba mirarle para creerle, y era yo mozo incapaz de inclinarme á lo malo en los dudosos juicios acerca de los hombres, y me acordaba de Carmen, retrato vivo de los corazones sin hiel, y de la historia narrada por el pobre cesante, sentíme algo avergonzado de las dudas con que por un instante le había agraviado, y me faltó muy poco para pedirle perdón por aquellos recelillos que jamás volvieron á asaltarme las mientes.

Mostréme de propio intento muy afable y cariñoso, y así, en regocijada plática, atravesando calles y enterándome del nombre y calidad de cada una de ellas, llegamos al número 42 de la del Olmo. Guiándome don Serafín, entramos en el portal, no muy ancho ni limpio, del cual arrancaba, á la derecha, la escalera que daba acceso á los cuartos con luz á la calle; á la izquierda estaba el tabuco del portero, sastre remendón de oficio, á juzgar por la obra que traía á la sazón entre manos. Entre la portería y la escalera había un pasadizo angosto, y por él salimos nosotros á un patio descubierto, pero más grande que el portal, verdadero fondo de un pozo, en cuyo brocal, á una altura de sesenta ó setenta pies, se quebraba un rayo de sol, dádiva de la madre naturaleza, que sólo servía de tortura á los habitantes de aquel agujero: en el frío invierno, porque le veían sin sentir su calor; en el sofocante estío, porque era un tizón más de la hoguera en que se abrasaban. Atravesando el patio, entramos en un portalillo lóbrego, en el que comenzaba una escalera angosta, sin más luz que la necesaria para no subir por ella á tientas.

—Perdone usted por lo poco—me dijo don Serafín,—que no es culpa mía, sino de los infames gobiernos que me ponen en tales estrecheces.

Y comenzamos á subir tramos y más tramos. En el cuarto piso, con cuyo techo andaba mi sombrero si toca ó llega, nos detuvimos. Tiró don Serafín de un cordelillo que colgaba de la pared; sonó dentro una campanilla; abrióse momentos después la puerta, y apareció Quica en el claro resultante, con pañuelo á la cofia y amplio mandil de cocina. Fea estaba como un demonio, pero limpia como la plata. Despepitóse conmigo en saludos y reverencias; y por mi parte, creo que hasta le di un abrazo. Oyónos Carmen desde adentro, y salió á recibirnos... ¡Qué monísima estaba! Jurara yo que se le enrojecieron un poco las mejillas al encararse conmigo. Parece que la estoy viendo todavía con su cabellera abundosa, un poquito rizada naturalmente, los labios húmedos y rosados, los dientes como la más limpia porcelana, los ojos dulces y rasgados, la nariz un si es no es aguileña, en cada carrillo un hoyuelo, el cutis fino y transparente, y el cuello como de rosas y azucenas; después una pañoleta azul sobre el seno túrgido, y un vestidillo de percal, fresco y almidonado, cuyos pliegues descendían del esbelto talle hasta el suelo, formando cola por detrás, y no tan largos por delante que, al andar, los pisaran unos pies como dos almendras, prisioneros en sendos zapatitos bajos, sobre unas medias como los ampos de la nieve... Reiríanse de ello, si á leerlo acertaran, los libertinos al uso; pero la verdad es que sólo me atreví á tocar ligeramente con la mía, la suavísima y ebúrnea mano que me tendió, un poquillo ruborizada, la hija de don Serafín. Tal respeto me infundió la irradiación de su fragante y casta hermosura en aquella lóbrega mansión de la pobreza.

Pasamos inmediatamente á lo que llamaban sala Carmen y su padre, reducidísima estancia que casi se llenaba con un menguado sofá, cuatro sillas de Vitoria y una consola de nogal, y recibía la luz por una ventana que daba al patio. Esta salita, un gabinete contiguo, dos alcobas en el corredor, enfrente de la puerta de la escalera, y la cocina y el comedor al otro extremo, componían toda la casa. Pero ¡qué limpio, oreado y hasta fragante estaba cuanto de ella vi! Sobre el sofá de la sala había, colgado en la pared, un cuadrito con la estampa de la Virgen del Carmen; en la consola un vaso de porcelana con musgo y siemprevivas, y encima, en la pared se entiende, un espejillo de dos pies en cuadro; delante del sofá un felpudo nuevo, y otro debajo de la ventana, junto á una silla de labor y un canastillo con obra de costura; pobre defensa contra el frío de las baldosas del suelo que, más que fregadas, parecían bruñidas. Unas cortinillas blancas, de muselina rameada, en las vidrieras, completaban el lujo visible de aquella humilde vivienda que, sin exagerar, cabía toda en el ostentoso salón de la familia Valenzuela.

Mientras nos sentábamos don Serafín y yo en el sofá, Carmen lo hizo en la sillita que estaba debajo de la ventana, muy cerca de él; y sin dejar de mirarme á menudo con su cara dulce y placentera, ni de tomar parte en el interrogatorio de lugares comunes con que nos acribillábamos los tres, cogió del canastillo una prenda á medio hacer, que era un enorme chaleco, y comenzó á coserla por donde sin duda lo había dejado para salir á recibirme á mí. Lo de ser tan grande el chaleco, siendo tan exiguo el tórax de don Serafín, ya me llamó un poquito la atención; pero me la llamó mucho más el hecho de que, al tomarle Carmen en sus manos, quedaron al descubierto, sobre el canastillo, otras dos piezas preparadas, que me parecieron chalecos también.

—¡Cáspita!—dije á don Serafín, señalándolos con el bastón:—veo que se pertrecha usted de firme para el invierno.

Cruzóse cierta sonrisa triste entre Carmen y su padre, y me respondió éste: