—Si hubiera de romperlos yo, con más gusto trabajaría en ellos la pobre Carmen. ¿No es verdad, hija mía?

Comprendí por estas palabras y aquella sonrisa que había cometido una imprudencia al decir lo que dije, y añadí para enmendarla:

—Perdónenme la franqueza, si con ella me he metido donde no me llamaban.

—¡Perdonarle! ¿Y de qué, calabaza?—saltó don Serafín muy asombrado.—¿De haber descubierto que Carmen me ayuda con su trabajo á levantar las cargas domésticas en mis largas cesantías? Ya ve usted cómo ella lo oculta... ¿y por qué lo había de ocultar? ¿Es un pecado trabajar honradamente para comer? Pecado fuera quitarlo de la boca para emplearlo en moños, ó morirse de hambre por no confesar la pobreza, que no viene de despilfarros viciosos, sino de maldades de pícaros ministros... Que me diga usted que es duro, eso es ya diferente; porque duro, muy duro es, y hasta frío como un puñal, para mí que lo veo, el que un ángel de Dios como ese le quite al sueño muchas horas para... ¡calabaza! pero que diga ella si yo le he impuesto, ni siquiera aconsejado, el sacrificio, y si le consiento tan pronto como me emplean y da el sueldo para todo. Allá con su madrina, la señora del comerciante de ultramarinos que me recoge los muebles y me busca casa cuando es necesario, lo arreglaron durante una de mis cesantías. Desde entonces, un sastre de rumbo le proporciona cuanta obra se le pide, y de la menos penosa, como esos chalecos que usted ve... Ayer los trajo Quica en cuanto acabaron de arreglar la casa: ya está el uno temblando... También hay quien proporciona ropa blanca; en fin, se hace á todo; y cuando hay apuros, ayuda Quica, que cose como unas perlas. Estas faenas dice Carmen que la entretienen mucho, y que sin ellas no sabría qué hacerse en una casa que tan poco entretenimiento da por sí sola, como la nuestra... Y el caso es que yo he llegado á creerlo, porque en cuanto se halla ociosa, se le hacen las horas siglos... y no me extraña, que en las jaulas á obscuras, sin sol y sin cielo, como ésta y cuantas habitamos aquí en tiempos de estrechez y penuria, están de más los ojos y el entendimiento, si no se emplean de puertas adentro.

—Pero esta vida de encierro y de trabajo—interrumpí yo mirando á Carmen con honda pesadumbre,—no es para continuada mucho tiempo, porque el cuerpo no es de bronce.

—Sana es como unos corales—respondió Balduque,—y ya verá usted cómo hasta la engordan estas faenas... ¡La Providencia de Dios!

—Pero—insistí,—la procurará usted en tales casos algunas distracciones...

—Eso sí—respondió su padre:—de movimiento, siempre que tenemos una hora de sobra en día de trabajo; en los festivos, de sol á sol, como quien dice: por la mañana, después de oir misa tempranito, entre calles; por la tarde no nos cabe en Madrid, y nos vamos los tres al Príncipe Pío, ó al Retiro, hacia el cerrillo de San Blas, ó á Chamberí... en fin, adonde haya más luz que ver y más aire que respirar... Solemos permitirnos también, en estas ocasiones, la calaveradilla, á la vuelta, de un café por barba, y alicuando alicuando, es decir, de mes á mes, si hay cunquibus, el escándalo de unas delanteritas de grada por la noche en el teatro donde trabajen Romea ó Arjona... porque ha de saber usted que ésta mi hija, en materia de funciones dramáticas, ó las quiere buenas ó no quiere nada, en lo cual va con mi gusto, y también con el de Quica, que, por gustarle todo, se acomoda perfectamente al nuestro. Es raro, calabaza, lo que le pasa á esta mujer en el teatro: todo cuanto ocurre de telón adentro, le causa las mismas impresiones; todo la hace llorar; que muera en el drama hasta el apuntador, ó que á los personajes les toque la lotería, y Mariano Fernández haga desternillarse de risa á los espectadores, la cara de Quica no se limpia de goteras.

Reíase Carmen como una chiquilla al oir á su padre, y continuó éste:

—Ya comprenderá usted que me refiero, en este cuadro de vida que le trazo, á los tiempos calamitosos de mis cesantías, pues tantas han sido y tan periódicas, que me han permitido establecer un plan de existencia inalterable durante ellas... Porque mientras estoy empleado, le aseguro á usted, calabaza, que vivimos como príncipes: tenemos casa con vistas á la calle, tomamos el sol cuando nos da la gana, y vamos al teatro, si le hay en la población, todos los domingos; porque entonces Carmen no cose más que para nosotros; yo tengo horas cómodas de oficina, y ahorro una buena parte del sueldo... Conque ya ve usted, mi buen amigo, cómo, por fas ó por nefas, no somos tan dignos de compasión como á primera vista parece... hasta tenemos nuestro correspondiente vicio.