Llegó la hora de despedirme de ella, y salí con don Serafín á la calle. Recorrimos otras muchas, siempre bajo la dirección de mi amigo, que se complacía en no llevarme dos veces por una misma; y en la de la Magdalena nos detuvimos delante de una fachada medio cubierta de carteles.
—Éste es el teatro de Variedades—me dijo Balduque.—Veamos qué función habrá en él mañana... La misma de esta noche, Adriana: ¡soberbio! Verá usted qué Teodora Lamadrid y qué Joaquín Arjona. Es cosa de partírsele á uno el alma, según dicen los que han visto la tragedia... Tomando de víspera la localidad, cuesta una friolerilla de surplús; pero tiene uno la seguridad de no quedarse sin asiento, y la ventaja de escogerle á su gusto.
Entramos en el vestíbulo, y pasando á la contaduría del teatro, pidió y escogió don Serafín cuatro delanteras de grada, que importaban menos de treinta reales, que me apresuré á pagar con sumo gusto.
—Ahora, á brujulear otra vez,—me dijo el cesante mientras salíamos á la calle y me guardaba yo los cartoncitos que, según me informó don Serafín, y no me pesó de ello, pues jamás las había visto más gordas, acreditaban mi derecho á entrar en el teatro y á sentarme en la localidad pagada.
—Mañana cuidaré yo de ir á recogerle á usted á su casa; pues si se lanza solo en busca de la mía, se expone á extraviarse.
Y brujuleando estuvimos, viendo yo nuevos barrios y nuevas calles, hasta que anocheció, y se despidió don Serafín á la puerta de mi casa.
Aquella noche, ó porque estuvieran más insinuantes mis paisanos, ó porque me hallara yo mejor dispuesto para todo, no solamente los acompañé al café después de comer, sino á los recién inaugurados salones de Capellanes, de donde no salimos hasta muy cerquita de la media noche.
No eran entonces aquellos famosos bailes lo que han llegado á ser después acá los de su misma categoría; pero así y todo, es fácil calcular cuál sería el estupor que me produjo la inesperada contemplación de aquel mar de frenéticos, corriendo entrelazados alrededor del deslumbrante salón, al compás de una música encaramada allá arriba, entre gritos, porrazos y estridentes algarabías, teniendo presente que jamás había visto yo otros bailes que los aldeanos de mi tierra, al son del encascabelado pandero; bailes en que el demonio tiene poquísimo ó nada que hacer, porque es imposible que, con toda su infernal astucia, logre extraer un adarme de malicia de aquel piafar inocente, ni de aquellas respetuosas y acompasadas mudanzas, sin asomo de contacto entre ambos sexos.
Muy á menudo me asaltaban, sin saber por qué, el recuerdo de mi padre y el de la linda costurera de la calle del Olmo, y hasta observé que coincidían estos asaltos con los instantes en que más infernal y libidinoso me parecía el cuadro; y notaba en mí, al propio tiempo, un instintivo é inconsciente empeño de ahuyentar aquellas consoladoras, pero severas imágenes de la honradez y del pudor, como se oculta, por un movimiento maquinal, la cadena del reló en cuanto se oye gritar ¡ladrones! Pero lo cierto es que aunque me sucedían estas cosas y me pasé la noche sin tomar parte más que con la vista en el jolgorio, no me parecieron largas las horas.
Volviendo hacia mi casa con dos de mis compañeros y paisanos, pues los restantes por allá se quedaron todavía, lamentábame yo de la corrupción de los tiempos y de la perversión de las costumbres, en vista de lo visto.