Digo que así me entretenía y pasaba las horas, hasta que llegaban las de la noche y me iba al teatro, después de un buen rato de tertulia en el café con mis amigos, ó á algún baile público, sin privarme por eso del café ni del teatro; pues la noche, que no se entendía allí como en mi tierra, daba para todo... y mucho más. ¡Gran vida!
Pero ¿había ido yo á Madrid para eso? ¿Podía, en conciencia, entregarme á aquellos lujos y crearme tantas necesidades mientras no adquiriera con mi propio esfuerzo los medios suficientes para satisfacerlas? Pero ¿tenía yo la culpa de que el señor don Augusto no me abriera las puertas de su despacho? ¿No había llamado también á las de su casa, y hasta penetrado en ella inútilmente? ¿Había de tomarlas por asalto y exigir mi credencial á bofetones?
¡Ah, si este medio hubiera valido!...
XIV
Al fin, logré romper el cerco misterioso, no sé si á la undécima ó á la duodécima tentativa, y penetrar en el encantado recinto. Allí estaba el santón pomposo, repantigado en alto y bien mullido sillón, sobre peluda alcatifa, algo raída á trechos y no del todo limpia, entre cónicos cestos de papeles rotos, medio embutido en la panza de un escritorio negro, cerca de una chimenea, negra también, debajo de un retrato de la soberana, y con un puro de á tercia entre los labios.
Soltó unos papelotes que examinaba cuando yo entré; y tomando con la zurda el cigarro que chupaba, díjome, sin hacer caso de las palabras de cortesía que, pálido y temblando, le dirigí:
—Ya sé que anda usted por aquí á menudo. ¿Qué se le ocurre?
—¡Buenas y gordas!—dije para mí, sintiendo á modo de un escalofrío en todo el cuerpo; y respondí en voz alta y tartamudeando: