—Pensé que Vuecencia (no me apeó el tratamiento) recordaría lo que tuvo á bien ofrec... prop... digo, indicarme en mi lugar... Por eso vine desde allá hace tres semanas...
—Creo recordar, en efecto, que, deseando usted un destinillo, le prometí hacer algo en su favor.
—Eso es,—respondí, con el alma á los pies.
—Pues estoy en ello, señor Sánchez, estoy en ello—añadió serio y aparatoso, y dejando caer sus palabras como si me las diera de limosna;—pero no puedo en estos días... ¡no puedo!... ¡no puedo!... Veremos si un poco más adelante... Vuélvase usted por ahí á menudo para recordármelo...
En esto, cogió otra vez los papelotes, llevó de nuevo el cigarro á la boca; y viendo que yo permanecía enfrente de él atusando la felpa del sombrero,
—¡Vuélvase, vuélvase!—me dijo casi en el mismo tono con que se echa un perro á la calle.
En virtud de lo cual, hice una reverencia y salí, temblándome las piernas y viendo chiribitas delante de los ojos.
¡Qué hombre, Dios mío! Bien que no me cumpliera lo que me había ofrecido; pero ¿por qué me trataba con aquella frialdad y aquel desdén? ¡Ni siquiera las buenas palabras y la afabilidad de otras veces! ¿Le cogería en mal cuarto de hora? ¿Le abrumaría el peso de los negocios? ¿Le habrían incomodado mis asedios? ¡Pero si él me los aconsejó en mi lugar... y acababa de aconsejármelos de nuevo; y por eso precisamente había ido yo á Madrid, y desvalijado á mi padre y á mis hermanas, y estaba gastando lo que no me pertenecía! ¿Cómo me callé como un idiota, cuando pude haberle confundido respondiéndole esto y lo otro y lo de más allá! Pero bien mirado, mejor era así, porque si se sulfuraba de veras y me cerraba las puertas y renegaba de mí... Después de todo, estaba al comienzo de la empresa; y con un poco de tacto, mucha paciencia, otra visita á Clara que, al cabo, era lo más atento de la familia... Y con esto, y mucha fuerza de voluntad y el apego que iba tomando á la corte, consoléme; y tan pronto como llegué á la posada, escribí á mi padre diciéndole que el asunto marchaba bien, aunque despacio; que el señor don Augusto acababa de repetirme, después de colmarme de atenciones (como me colmaba toda su familia, cada vez que la visitaba), que no me olvidaba un momento, y que pronto me daría pruebas de ello...
Verdad que aquel día andaba yo un poco preocupado con una empresa que debía acometer por la noche; la cual empresa consistía en bailar por primera vez en Capellanes, considerándome ya muy apto para ello, no sólo por el propio convencimiento, sino por el dictamen de mis amigos y compañeros de hospedaje, uno de los cuales, al son de la flauta que tocaba otro, me había dado las necesarias lecciones prácticas de baile en la salita de la posada, que estaba siempre á disposición de los huéspedes y de los amigos de los huéspedes, que eran muchos, aunque ninguno de ellos valía á mis ojos lo que Matica.
Este endiablado extremeño me sorbió los sesos desde el día en que le conocí. Me daban miedo su frialdad de espíritu, su imperturbable continente, lo crudo de sus ideas políticas, su fe sospechosa, las liviandades de su obscena musa, y su lengua acerada y mordicante; pero me arrastraban cautivo los donaires de su conversación, su altísimo ingenio, su frase castiza y pintoresca, su elocución fácil y sobria, la originalidad de sus juicios, el vigor artístico con que los imponía y acreditaba, y, sobre todo, la agudeza, fluidez y gallardía de sus versos incomparables. Hasta su cuerpecillo delicado, por lo armónico de sus partes y el aseo y buen gusto con que le ataviaba, me atraía.