¿Cómo, cuándo y de qué nació la estimación en que me tuvo desde que nos tratamos superficialmente en la posada, y la cordial y bien notoria amistad en que esta estimación se convirtió después? ¿Conoció la admiración que yo sentía por él y halagó esto su vanidad? No es creíble en un mozo de tan superior entendimiento. La razón del cariño subsiguiente, ya es más obvia: hice de él, poco á poco, mi guía y mi consejero en todo lo intelectual y recreativo; y como no pecaba yo de impertinente ni dejaba de sacar fruto de las lecciones recibidas, Matica se complacía en dármelas á cada instante; de la cual manera nació en nosotros el mutuo y arraigado afecto que á menudo se ve entre un maestro entusiasta por la profesión, y un discípulo dócil y muy aprovechado, sin que la intensidad de este afecto altere las distancias ni confunda las jerarquías.

Debía yo á Matica, entre otras atenciones delicadas, la de no traer á cuento jamás, en nuestras particulares conversaciones, las verdes crudezas de su especial humorismo; no sé si porque conocía mi repugnancia instintiva á ese género de desnudeces, ó por no desprestigiar delante del discípulo su autoridad de maestro. Inclínome á lo primero, porque se aviene mejor con una cualidad, especie de pudor artístico, que brillaba en Matica como una de las mayores contradicciones aparentes de su carácter. Es, pues, de saberse, que aquel empecatado mozo que en la intimidad de sus amigos, de sobremesa ó en la de un café, despellejaba con una frase la honra mejor acorazada, ó enrojecía á la misma desvergüenza con una copla indecente, no podía sufrir una palabra mal sonante en medio de la calle, ni un pasaje de sospechosa pulcritud en un periódico ó en un libro ó en el teatro; detestaba la zarzuela, y no había que mentarle los bailes públicos. Llamo yo á esta cualidad «aparente contradicción» de su carácter, porque cabe en lo humano, y hasta es usual y corriente, tener el sentimiento de lo bello, admirar el orden y todas las virtudes fuera de casa, y pecar del vicio contrario dentro de la propia. Juraría que en los mejores códigos del mundo han andado algunas manos así.

He vuelto á sacar á colación á Matica, porque desde la hora y punto en que las despabiladeras de mi protector me demostraron bien claramente que mi pleito, aun ganándole yo al fin, había de durar mucho, me propuse sacar el mejor partido posible, en bien de mis gustos é inclinaciones, del terreno en que me hallaba y de los recursos que tenía á mi disposición. El principal de éstos era, á mi entender, Matica; y á él acudí tan pronto como hube satisfecho mi brutal antojo de estrenarme en Capellanes como danzante. Sucedió lo que yo esperaba: cogí un hartazgo de restregones y zancadas, y una ronquera al salir á la calle con la camisa pegada al cuerpo, los huesos macerados y las narices atascadas de polvo y de pelusa, y en ocho días no quise ni que me hablaran de semejante barbaridad. En descargo de mi conciencia, declaro que nunca fuí gran devoto de ese pasatiempo, más propio de salvajes que de hombres cultos que se estiman en algo.

Ya he dicho que mi pasión dominante fué el teatro desde que le hube gustado por vez primera; pero aún lo fué en más alto grado en cuanto logré satisfacerla en compañía de Matica, el cual tenía entrada libre y asiento gratis en los principales coliseos de Madrid, por sus intimidades con poetas, actores, empresarios y periodistas, y era tan aficionado como yo á esta clase de entretenimientos. Digo que experimentaba en tales ocasiones y al lado del agudo extremeño nuevo y más sabroso placer, porque sus advertencias y juicios, lo mismo sobre las obras que sobre sus intérpretes y accesorios escénicos, iban perfeccionando poco á poco mis rudimentarias y naturales aptitudes, depurando mi gusto, educando mi sentimiento y poniendo á su alcance y al de mi percepción las bellezas y los secretos del arte; comparaba pasajes con pasajes, obras con obras, autores con autores, comediantes con comediantes, géneros con géneros, estilos con estilos, y épocas con épocas; y de este modo iba haciéndome insensiblemente explorador y casi ciudadano de una región totalmente ignorada de mí hasta que la columbré por casualidad desde una galería del teatro de Variedades, y sin idea alguna de su extensión y riqueza hasta que el experto guía me puso dentro de sus linderos. Vi varias comedias del teatro antiguo, y leí muchas más, y hasta hube á las manos, siempre por mediación de Matica, los inapreciables Orígenes, de Böhol de Faber, en una hermosa edición de Hamburgo; con lo cual, los nombres de Naharro, Lope de Rueda, Juan del Encina, etc., me fueron tan queridos y familiares como los de Lope de Vega, Tirso, Moreto, Rojas y Calderón. No estaba tan boyante el teatro Español como en aquel siglo de colosales ingenios, en las humildes calendas á que me refiero; mas no por ello me merecían menos respeto y admiración los escasos poetas que sostenían la patria escena con sus creaciones. ¡Cuán exiguo era el número de éstos, y qué escaso el positivo valor de la mayor parte de las obras!

Lo que más abundaba eran las traducciones y arreglos del francés; y como la zarzuela comenzaba á estar de moda, á perjeñar libretos de zarzuela se daban, no solamente los escritores que no valían para otra cosa, sino muchos de los que preferían á los lauros de Talía, el lucro positivo con que les brindaba la musa cascabelera de la Plaza del Rey.

Volviendo á lo interrumpido, digo que también me hablaba Matica, en ocasión oportuna, de las damas y caballeros que ocupaban las principales localidades. De muchas y de muchos sabía curiosísimas historias y anécdotas muy interesantes; y como el Madrid de entonces era pequeño, y relativamente exigua su buena sociedad, y á ésta pertenecían las gentes que eran «ornamento de los teatros», y este ornamento no pasaba de ser un simple trasiego de un mismo público á diferente vasija, resultaba que con verme siempre entre las mismas personas y conocer las respectivas historias, parecíame estar viviendo en familia, lo cual doblaba á mis ojos el interés del espectáculo.

Que en muchos de ellos tropecé con la familia Valenzuela, no necesito decirlo. ¡Y de qué buena gana le hubiera dicho á Matica alguna vez: «Cuénteme usted algo de esas gentes!» pero el temor de que el desenfadado cronista confirmara mis recelos, y con ello deshiciera el castillo de mis esperanzas, me contenía. Lo extraño es que no se le ocurriera á él ese algo sin que se lo apuntara yo. ¿Me juzgaba, por lo que me había oído hablar de esa familia, recién llegado yo á Madrid, más ligado á ella de lo que en rigor estaba, y me guardaba la consideración de no desollarla viva delante de mí?... porque era imposible que aquellas gentes, siquiera Pilita y Manolo, no tuvieran flaco en que cebarse la acerada lengua de mi amigo.

Como el buen mozo del teatro de Variedades no solía faltar nunca entre los más asiduos concurrentes al palco de esta familia, pregunté una noche á Matica:

—¿Quién es ése?

—Ése es Barrientos,—me respondió.