—Y ¿quién es Barrientos?—insistí.

—Pues Barrientos,—insistió él también.

—Ya me entero.

—Pues no se dan otras señas, sin ofensa del que pregunta, del sol, de la lluvia, del aire; y ese mozo es aquí como el aire, como la lluvia, como el sol; porque es Barrientos, nombre que tiene usted obligación de conocer, llevando dos meses de residencia en Madrid.

—Pero ¿es pariente de esa familia, ó amigo ó qué?... porque le veo muy á menudo con ella.

—Barrientos es un personaje que «revienta de buen mozo», concepto que se lee en su frontispicio resplandeciente, tan pronto como se le mira; pertenece en cuerpo y alma á esa región de preferencia que se llama gran mundo; y tal es la fama de sus galantes proezas en él, que no hay familia en Madrid, con derecho á llamarse distinguida, si le falta, especialmente en público, la intimidad de Barrientos, el cual explota á maravilla las ventajas de tan alta preeminencia. Además, monta bien á caballo, y cuenta, según la fama, algunos triunfos de mérito en otros tantos lances de honor; tiene todas las grandes cruces, un cargo de lustre en Palacio, y, sobre todo, mucho dinero. Un dato que puede ahorrarle á usted una pregunta: á veces juega por tabla; quiero decir que no siempre que toma una posición, es para quedarse en ella, sino para batir otra con mayor comodidad.

Dime por enterado, y no pregunté más á mi amigo.

Recorriendo las calles se valía éste del mismo procedimiento para lo que llamaba yo desasnarme, y él ponerme al uso. Delante de las librerías hablábamos de los libros de recreo, y especialmente de la novela, que entonces estaba menos que en pañales en la patria del Quijote. Me indicaba las menos malas entre el inmenso fárrago de las traducidas, y las rarísimas buenas de las españolas, y hasta me largaba substanciosos párrafos sobre la historia y vicisitudes de este ramo de la literatura nacional, y me exponía sus caracteres propios, sus peculiarísimas condiciones, y los puntos en que debía diferenciarse una novela de costumbres españolas de las que con tal rótulo se exponían en los escaparates, escritas á destajo en perverso castellano, y vaciadas en moldes extranjeros, por literatos salidos de pronto del mostrador de una botica, y hasta de los talleres de los sastres. Pero en este particular, aunque me lo callaba muy bien, rara vez íbamos de acuerdo el maestro y el discípulo, no porque no reputara yo por muy cuerdos sus dictámenes, sino porque en lo referente á novelas, y como ya lo tengo advertido, contra lo que el buen sentido propio y el parecer de Matica me aconsejaban, entraba con todas; y cuanto más farragosa y más novelón era la obra, más me seducía. En la comedia, en cualquier otro libro de imaginación, saboreaba la frase y el estilo, los donaires y las filigranas; pero en las novelas, siempre los argumentos... ¡Ah, los argumentos!... Las sorpresas, lo desconocido... lo inesperado, las anagnórisis, que dijo el pedante: ¡sobre todo, las anagnórisis! Andar tres docenas de personajes, blancos unos, negros otros, éste banquero, mendigo aquél, duquesa aquélla, menestrala la otra; aquí un niño sin madre, allá un padre sin mujer, y media carta resobada, y el relato de un incendio, con un cadáver calcinado y un pastor que lo vió y se quedó mudo de repente, y es el único personaje que podía delatar al criminal, que es un caballero tétrico é intratable que vive en una quinta solitaria... ¡y el diluvio de cosas!; andar, digo, deslizándose todo ello, sombrío y altisonante al mismo tiempo, por las encrucijadas misteriosas del asunto, dejando un cabo suelto en cada bardal, quiero decir, capítulo; y cuando ya nadie se entiende allí, y la novela es un montón de acontecimientos y una maraña de personajes, y están las pasiones para reventar, las víctimas extenuadas de hambre, rotas y descalzas y á las puertas de la cárcel, y los pícaros con el fruto de su rapiña asegurado, y el pastor haciendo contorsiones delante del juez conmovido, para romper á hablar, porque de pronto se descubrió un medallón ó una cicatriz en el pecho del niño desvalido, ó una marca con corona en el pañuelo de la menestrala, los rencores se calman, el acero se cae de las manos; el hombre malo prorrumpe: ¡hijo mío!; el hijo: ¡padre!; la duquesa: ¡hija!; la menestrala: ¡madre mía!, confundiéndose todos en un cuádruple abrazo, mientras el pastor exclama con un bramido formidable: ¡bendita sea la providencia de Dios!, y el juez, soltando la vara, repite, mirando al cielo: ¡bendita sea! ¿Hay nada más dramático y conmovedor? Todos estos lances me ponían á mí carne de gallina, me oprimían el corazón y la garganta, y arrancaban mudas lágrimas de mis ojos.

Pues no digamos nada de las de intriga caballeresca, y las románticas de amor fino, como una que todavía recuerdo, en un tomo colosal, si no eran dos, obra de la triste imaginación de un poeta muy sonado en aquellos tiempos, no sé si por lo resonante de su firma ó por lo mucho que gemía en verso y en prosa en Liceos y en periódicos. Titulábase la novela La enferma del corazón; y á pique me puso su lectura de padecer yo la misma enfermedad que la heroína. De El judío errante, Los misterios de París, Los tres mosqueteros con todas sus consecuencias, El hijo del diablo, El conde de Montecristo, y otras que por entonces imperaban en el gusto público, no necesito decir hasta qué extremo me emborrachaban.

De líricos, tampoco andábamos sobrados; pues los buenos, ó estaban ausentes de España ó dados á la política ó tenían enfundado el laúd; y de los malos no quiero hablar, aunque mucho me habló de ellos Matica para ponérmelos por ejemplo de lo abominable y vitando.