Á todo esto, tenía yo un memorión colosal, y una singular disposición para asimilarme el estilo y la estructura de las obras ajenas. Y lo declaro aquí, porque en virtud de esta memoria y de este poder de asimilación, en poniéndome á escribir hacía cosas que me asombraban; y, sin embargo, no valían dos pitos, como me lo demostró Matica en más de una ocasión y con motivo de pedirle yo su parecer sobre lo que había hecho.

—Esto es de Bretón,—me dijo una vez.

Juré lo contrario creyendo jurar verdad; pero me dejó confundido recitándome una letrilla del famoso vate, de la cual era la mía un remedo. Sin embargo, yo no había pensado en la una al escribir la otra, y así lo afirmé.

—Lo creo—replicó mi censor,—porque hasta ahora no ha hecho usted sino engullir, amontonar en el almacén de su memoria; y de ese montón es lo que sale, por su propio peso, en cuanto abre usted la puerta, creyendo abrir la del ingenio. No hay que confundirlas.

Otra vez resultó calco de Zorrilla lo que yo presenté á mi amigo como de propia cosecha. Entonces me dijo:

—Por esto, por lo otro y por todo cuanto conozco á usted, le aconsejo que no caiga por ahora en la tentación de echar á la calle sus engendros poéticos; pues si entre los ignorantes ganaría algún lauro de alquimia, los entendidos le molerían á palos. Y digo «por ahora», porque quizá más adelante, cuando haya adquirido mayor caudal de ideas propias, si es que las hay, y digerido bien las ajenas, logre vencer con ello el mal enemigo de su buena memoria. Donde ésta sea el único almacén de la casa, jamás se producirán acabadas obras de arte, pues no puede haberlas sin la condición que las distingue y enaltece: la originalidad, el sello de fábrica. De distinto modo le hablara si tratáramos de la metralla periodística, ó de peroraciones de tribuno de ocasión, ó de cualquiera de esos empeños en que sólo se busca el efecto inmediato, y de los cuales no queda á las pocas horas sino el recuerdo de sus relumbrones. Pompas de jabón. Por cierto que las hace usted primorosas cuando llega el caso. Tiene usted hermosa voz, fácil y bien acentuada palabra, mirada firme y valiente, gallardas actitudes... en fin, cuanto se necesita para hacerse oir, arrancar aplausos y falsificar la razón cuando se habla sin ella. Lo he observado en sus porfías de sobremesa y del café de la Esmeralda. Y no le pese de ello, que estas dotes, que acaso le envanecen poco por no habérselas tasado yo en mucho, no se adquieren á ningún precio, y pueden llegar á ser eminentísimas, al paso que las otras, que tanto ambiciona, se consiguen á veces por hombres como usted, ó, cuando menos, algo que las aparenta y ofrece sus mismos goces. Conque ánimo, y no le ofendan mis claridades, que yo no puedo ser de otro modo. Si le tuviera á usted por ladrón, lo mismo se lo diría.

Á veces interrumpía sus razonamientos para enseñarme, con las ilustraciones y comentarios de costumbre, un literato de nota, un personaje político ó una mujer de historia que acertase á pasar por la acera de enfrente; ó un edificio notable, un pecado de ornato, un buen mozo famoso, ó un desdichado sin vergüenza, de gran celebridad, no ya en Madrid, sino en toda España. Entonces la gozaba un grotesco personaje llamado Don Pepito, como la gozó luego Cepedita; no sé quién después, y últimamente el perro Paco.

De esta manera hablábamos de todo lo imaginable y mucho más, y siempre había para cada cosa su merecido en el inagotable saco del mordaz extremeño.

Entre tanto, yo que nada le ocultaba y me complacía en oirle hasta cuando fustigaba mis debilidades y resabios, no le había dicho todavía el verdadero motivo de mi estancia en la corte. Sólo sabía de mí que era un montañés de pocas rentas, que había ido á Madrid por asuntos particulares. Lo mismo que sabían en la posada y en casa de Balduque. ¡Singular escrúpulo el mío!